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Sunday, October 31, 2010

A Halloween Tale


Se sentó sobre la lápida y terminó la botella con los ojos cerrados, a grandes tragos, para dejarla después a su lado con cuidado. Todo le daba vueltas, y el asfixiante silencio taladraba sus oídos en un agudo pitido del que intentaba zafarse con violentas sacudidas de cabeza. Deslizó la mano por las letras grabadas en el mármol, y en plena oscuridad pudo leer claramente su nombre, como lo habría hecho un ciego con un texto en Braille.
Un par de horas antes, mientras conducía sin rumbo fijo huyendo de sus fantasmas, la idea había aterrizado en él igual que un rayo sobre un solitario árbol en medio de la nada. Se detuvo en el arcén para digerir la ocurrencia, con las luces del viejo Camaro apagadas pero la radio puesta, y mientras una emisora mal sintonizada vomitaba algún tema menor del gran Willie Nelson, decidió que era la mejor idea que había tenido nunca. Reanudó la marcha, hizo una breve parada en una gasolinera cercana, compró una botella de whisky barato, y enfiló el camino que llevaba al cementerio al son de la voz de Bill Monroe.
La puerta principal del cementerio se cerraba de noche más por respeto a los familiares que por temor a que nadie decidiera adentrarse en el camposanto fuera del horario de visita. Una cadena ligera, disuasoria por simbólica, abrazaba los extremos de ambas alas con la ayuda de un candado casi tan antiguo como el propio cementerio. Abrirlo le resultó sencillo, insultantemente sencillo, y apenas sí hizo falta un segundo golpe de pala tras el primer envite de prueba. Luego se adentró en la oscuridad absoluta, rompiendo la quietud del lugar con las pisadas de sus botas sobre el suelo arenoso, y como si para él iluminase el más brillante de los soles, recorrió los pasillos de tumbas que llevaban a su destino sin dudar un sólo instante sobre la dirección que había de tomar en cada momento. Sin embargo, el cielo era esa noche tan negro como su recuerdo, negro como las huellas que el paso del tiempo había dejado en su alma desde aquel nefasto día en que el telón de la vida cayera irremediablemente para él.
Se detuvo junto a la lápida de mármol blanco, apenas dibujada sobre el neutro fondo del suelo, y tras beber de la botella y dejar los aparejos a sus pies, asió los bordes inferiores firmemente con las manos y volcó en ellas toda su fuerza, hasta notar cómo la junta de cal que la sujetaba cedía y una pequeña grieta hacía acto de presencia. Luego recogió la pala, la introdujo en la mínima hendidura, e hizo palanca hasta que la enorme losa rugió queda desplazándose a un lado, justo lo suficiente para seguir empujándola a mano y despejar totalmente la superficie de la tumba. De pie sobre la tierra húmeda que se ocultaba bajo la piedra, volvió a beber de la botella, la pala apoyada en el hombro, y dirigió una furtiva mirada en rededor tratando de adivinar en la densa oscuridad alguna de las muchas cruces que formaban el extenso bosque fúnebre tantas veces observado a la luz del día. Nada. Luego, depositada la botella en el suelo, agarró la pala con ambas manos y empezó a cavar.
Cerca de una hora después, el rítmico repiqueteo del metal en la tierra se vio interrumpido por un golpe seco. Era la madera de roble del ataúd que descansaba a poco más de metro y medio de profundidad, perfecta pese a lo húmedo del suelo y el paso del tiempo, como pudo comprobar una vez retirada a mano la tierra que lo cubría. Respiró profundamente el frío aire nocturno, descansando al fin tras el agotador esfuerzo, y una vez localizado el cierre de la caja, le propinó con la pala un nuevo golpe haciéndolo saltar por los aires con un ruido casi imperceptible, amortiguado por las paredes de tierra del agujero. Luego lanzó la pala al exterior del hoyo, agarró con firmeza el lateral de la cubierta y la puerta del ataúd cedió suavemente, inundando todo el espacio excavado de un nauseabundo olor a putrefacción que a él, sin embargo, le embriagó profundamente.
Sobre el níveo interior acolchado de la caja, inmaculado como si jamás hubiera sido utilizado, descansaba, los brazos en cruz sobre el pecho, el cadáver de una mujer en avanzado estado de descomposición. Aún se le intuían las formas de la cara y el resto del cuerpo, otrora hermosas y llenas de vida, pero en gran medida todo había sido sustituido ya por las grises y grotescas muecas de la muerte y sus efectos. El cabello, liso y oscuro, caía intacto a ambos lados de la cabeza, y un vestido azul de fiesta, raído y lleno de un polvo que bien pudiera ser la propia piel descompuesta, cubría hasta los pies la anatomía de aquella figura demacrada y esquelética. Él la contempló inmóvil largo tiempo, esforzándose por no perderla en la negrura de la noche, y al fin una sonrisa se dibujó en su rostro, bañado por unas lágrimas demasiado tiempo retenidas. Se agachó, la besó en la mejilla, susurró unas palabras en su oído, y estrechando su figura por debajo de los brazos la levantó, sorprendido ante el poco peso de aquel cuerpo rígido como el cartón, hasta depositarla con cuidado en la superficie de la tumba.
La aparición de la luna llena en el cielo plagado de nubes de aquella noche coincidió con su esforzado regreso al exterior del agujero. Sin pensarlo dos veces volvió a agarrar el cadáver yacente con las manos llenas de tierra mojada, incorporándolo hasta ponerlo en vertical frente a él, y estrechándolo contra su pecho, comenzó a moverse despacio, en algo parecido a un baile. Así continuó en silencio durante un largo rato, abrazado a su amada muerta bajo la luz de la luna, mesando su pelo negro con una mano, la otra rodeando firmemente el talle del inerte cuerpo, sumido en recuerdos de tiempos pasados y felices, deseando que aquel momento no tuviera que acabar nunca...

Wednesday, November 05, 2008

Mis aventuras del Capitán Alatriste (1)


El alba rompía sobre los chapiteles del Alcázar Real cuando Alatriste arribaba a los soportales de la Plaza Mayor. Desde que abandonase el cobijo de su aposento donde la Lebrijana, las sombras de las callejas de la Cava Baja habían servídole de refugio ante posibles emboscadas, el solo ruido de su herreruza en la vaina resonando como campanilla de monaguillo en el silencio de la noche. El chapeo, calado hasta las cejas, y el embozo de su capa, le confiaban el anonimato necesario para tal empresa. Había sustituido las viejas botas de soldado por unas más discretas abarcas, y la guipuzcoana descansaba sobre su riñonada izquierda en espera de ser asida si los naipes empezaban a venir jodidos.
Un tenue farolillo de sebo tintineaba junto a la imagen de un santo, dibujando el contorno de una figura que se arrebujaba contra la pared en un intento por pasar desapercibida. Acercósele el capitán despacio, la mano apoyada discretamente sobre la cazoleta de su tizona, y la figura alzó la mirada para cruzar sus ojos con el glauco refulgir de los de Alatriste. El bravo lucía abundante mostacho sobre el belfo, a la usanza borgoñona, uniendo patillas en una continua línea generosa de negruzco vello. Una cicatriz sobre el ojo izquierdo le confería un mirar taciturno que a poco podría haberse confundido con un desplante. Para su suerte, Alatriste conocía al rufo, y lejos de cruzar aceros, los dos hombres, a un medio hablar que era más bien susurro, comenzaron a cruzar palabras.
-A fe que sois sigiloso, capitán -dijo el hombre.
Alatriste no respondió. Sus grises ojos se clavaban inmóviles sobre los del tipo, el perfil aguileño realzado por las sombras que proyectaba, cada vez más débiles ante la creciente luz del alba, el farolillo sobre sus cabezas.
-Voto a tal -añadió como para sí-, que lo que me contaron de vuestra merced no desmerece un ardite lo que mostráis en persona.
-Al grano -remató Alatriste, indiferente.
El hombre se removió inquieto en su herreruelo, húmedo del relente de la noche, y pudo oirse sonar de abundante hierro bajo su capa. Luego se irguió, dejando entrever el relucir de una pistola a la diestra del cincho, y haciendo ademán de ponerse en movimiento, se dirigió de nuevo al capitán.
-Hay un mesón en la calle de las Ánimas que quizá conozca -deslizó las palabras mientras echaba a andar sobre el empedrado del soportal-. El del Lobo, le llaman. Nuestro hombre nos aguarda allí.
El bravo ya sacaba un buen trecho a Alatriste cuando las palabras morían en su boca, así que éste emprendió el paso tratando de darle alcance, mientras resonaba en su cabeza el nombre del mesón que el otro había mentado sin tan siquiera esperar su reacción. El del Lobo. Un lugar obscuro, y no sólo por la escasa luz que su corrala cobijada por un sucio techado de chamizo dejaba entrar en las estancias que la rodeaban, sino por la concurrencia que de diario lo frecuentaba, todos amigos de Don Pedro Ximénez y el clarete de Peñascal. Tiempo atrás, a su regreso del asalto de Ostende, aquél había sido punto de reunión de viejos camaradas del frente, pero Alatriste nunca había gustado de sus habituales, todos de excesiva facilidad en lucir toledana y propensos a despachar por la posta sin decir esta boca es mía.
El lorenzo se elevaba ya por encima de los tejados de Madrid, proyectando largas sombras oblicuas sobre las estrechas calles mal empedradas, y mientras algunos gallos cantaban sus coplas mañaneras aquí o allá, la Villa y Corte se desperezaba lentamente en nuevo día que, aunque soleado, prometía ser bastante frío. El hombre, de andares recios y largos pasos, recorría las vías decidido, casi como si desfilase bajo los estandartes del cuarto Felipe en terreno enemigo, tras alguna victoria de postín, en dirección a la calle de las Ánimas. Alatriste lo seguía de cerca, pensativo pero alerta, rumiando muy por lo menudo si después de todo aquel individuo de aviesa mirada que don Francisco de Quevedo le había presentado la tarde anterior era de fiar. Más le vale, pensó, o se verá con dos palmos de acero entre pecho y espalda antes de saber por dónde le llueven las mojadas.
-Si no tiene inconveniente vuesamerced -dijo el rufo deteniéndose frente a la puerta del mesón-, yo le esperaré aquí afuera. Hay ciertos caballeros dentro que no guardan muy buen recuerdo de mi persona, vive dios.
Alatriste dirigió una rápida mirada al interior del lugar desde su posición. Un murmullo de voces y algún rasgueo de guitarra llegaban hasta la calle.
-Como puede escuchar -prosiguió-, los días no empiezan ni acaban en este sitio más que cuando cae uno víctima del mal de Baco.
Soltó después una risotada que movióle el mostacho arriba y abajo mostrando una hilera de negros dientes mal tirados, y al cabo entregó al capitán una bolsa de cuero negro que extrajo del gastado jubón.
-Diríjase a Martín Lopos, el mesonero, y pregunte por un tal Sangonera. Luego entréguele la bolsa y escuche lo que éste pueda contarle. Yo estaré por aquí rondando, si necesita cualquier cosa.
Luego, sin mediar más parla, alejóse el hombre con el mismo andar que mostrara camino del mesón del Lobo, y Alatriste, acariciando casi instintivamente el puño de la espada, se internó en la oscuridad del portal como quien cruza un patíbulo del Santo Oficio, no por voluntad propia, pero resignado al cabo.

Friday, October 31, 2008

Feliz Halloween


La anciana entreabrió la puerta del baño y oteó su interior entre penumbras. La luz de la luna se reflejaba en las baldosas del suelo, recortando las formas de los frascos de perfume sobre el estante de la pared. El golpe había sonado allí, seguro; o eso creía ella, que a sus ochenta y siete años conservaba un más que digno sentido del oído.
Había pasado un rato viendo los programas del corazón que inundan las desastrosas cadenas de televisión los viernes noche, sin detenerse en ninguno en concreto. Cambiaba de canal y mezclaba historias de alcaldes corruptos con transexuales despechadas, tonadilleras sin maquillar que recorrían a la carrera la terminal del aeropuerto tras sus gafas de sol con personajes otrora reconocidos que vendían sus recuerdos y sus penas por un mísero puñado de euros. Así solían comenzar sus fines de semana desde que, diez años atrás, su esposo la dejara sin previo aviso víctima de un infarto mientras se duchaba una mañana.
Cuando escuchó el golpe, el presentador que llenaba la pantalla de su vetusta Telefunken con su desagradable sonrisa hipócrita anunciaba la inminente comparecencia pública de una dama de la alta sociedad dispuesta a narrar su ruptura con un ilustre hombre de negocios. El estruendo, breve pero contundente, la había sacado de su ensimismamiento con un ligero susto y un respingo súbito sobre el sofá. En un primer momento se quedó inmóvil, indecisa ante la forma en que debía actuar. Miraba el largo pasillo que conectaba la sala con el baño, mientras en la tele el plató irrumpía en aplausos y vítores a la entrada de la aristócrata, preguntándose si después de todo el ruido no había sido producto de su imaginación. En cualquier caso, resolvió al final, sólo había una forma de concretarlo.
Se levantó despacio, más por imposibilidad física -su buen oído no se veía correspondido en una articulaciones sanas- que por miedo o prudencia, y tras ceñirse el cinto de la bata con sus huesudas manos, echó a andar hacia el pasillo. Arrastraba las zapatillas de andar por casa en rítmicos movimientos acompasados, breves, que la llevaban a mover las piernas varias veces para recorrer cada metro de distancia. Desde el comienzo del corredor se divisaba la puerta del baño justo al fondo, aparentemente cerrada, y aunque había vivido en aquella casa durante los últimos cincuenta años, un incipiente temor que no lograba explicar detuvo sus pasos al poco de abandonar el salón. Agudizó el oído en un intento por percibir algún nuevo sonido que confirmase sus miedos, pero sólo hubo silencio. De nuevo se puso en marcha, pasillo alante, mientras las fotos que pendían de ambas paredes -viejos retratos en blanco y negro de su difunto marido, sus padres y hermanos, y ella misma años atrás- la observaban en silencio.
Cuando sólo distaban unos pasos para alcanzar la puerta del baño, un nuevo ruido, esta vez más largo y sinuoso, similar al que haría una cortina de ducha al descorrerse, se escuchó del otro lado. La anciana se frenó de nuevo. Durante un breve instante unos gritos difuminados recorrieron el pasillo desde el salón: la aristócrata sin duda había puesto patas arriba a la jauría de pseudo-periodistas que se disputaban la carroña de sus intimidades. A su izquierda, un óleo enmarcado en pan de oro de considerable tamaño que mostraba un retrato de su augusto esposo la miraba fijamente, y ella le correspondió con un furtivo cruce de miradas. No estaba sola, al cabo, y no había nada por lo que asustarse en su propia casa, a su edad. Aunque para ser sinceros, su deseo era estar totalmente sola aquella noche. Clavó la vista en el pomo de la puerta que se erguía frente a ella, y reemprendió el camino.
Asió el metal con sumo cuidado, sintiendo el frío en la palma de la mano, y giró media vuelta hasta oir el chasquido de la cerradura. Empujó la puerta despacio, y alcanzó a ver el reflejo de la luna y los frascos de perfume antes de distinguir el resto de elementos del aseo. Todo parecía en orden. Siguió empujando hasta abrirla totalmente, y llevando la mano de forma instintiva al interruptor de la pared, encendió la luz. Nada. Los diversos elementos de aquel viejo cuarto de aseo estaban donde debían estar, y sobre el suelo reluciente no había restos de nada que indicase la fortuita caída de algunos de los objetos que los años habían acumulado en muebles y estantes. Chocheas, se dijo, y esbozando una media sonrisa cargada de desahogo, volvió a apagar la luz. Cerró la puerta, y regresó sobre sus pasos.
El óleo de su marido la siguió en su lento trasiego hacia la sala, con una de esas miradas que tan bien representan ciertos artistas, logrando que el retratado nos observe donde quiera que vayamos. Recorrió el pasillo, y entró en la estancia. En la vieja Telefunken, el presentador hacía chascarrillos varios sobre un reciente rumor que apuntaba al presunto embarazo de una sexagenaria estrella del cine, y la parva de inútiles contertulios le reían la gracia. La anciana no pudo evitar una sonrisa. Ochenta y siete años, murmuró para sí, y la imaginación te empieza a traicionar ahora. Se dispuso a regresar al sofá, junto al brasero que calentaba sus achacosas piernas débiles, frente al televisor y sus programas del viernes noche.
El primero de los chorros la pilló desprevenida. Vio cómo el líquido salía despedido hacia adelante y manchaba de un intenso color rojo las fotos de su boda sobre la mesita. Ni siquiera notó el corte, y se preguntaba desconcertada qué diantres era aquello. Luego sintió la humedad empapándole la bata, y se llevó la mano al cuello. La sangre se le derramaba a borbotones sobre el pecho y ya comenzaba a formar un charco brillante bajo sus pies. Se giró, y antes de entender lo que ocurría, una segunda punzada le entró por el abdomen, subiendo luego algo más de un palmo, cortando el cinto de la bata y descubriendo la enagua vermellón que apenas unos segundos antes era blanca como la nieve. Los ojos de la anciana, ya menguados por la falta de sangre, creyeron adivinar una figura alta y enlutada frente a ella, justo antes de que las entrañas se le descolgaran con un húmedo sonido y dieran contra el suelo aún unidas al resto de su cuerpo. Luego se desplomó de rodillas, agarrándose instintivamente a la negra figura, y ya todo fue oscuridad. Tan sólo unas palabras lejanas, provenientes del vetusto aparato de televisión, la acompañaron en su trance al otro mundo, la cara ensangrentada contra el lustroso terrazo del suelo, mientras el presentador, impecablemente vestido y sonriente, emplazaba a su audiencia al programa de la próxima semana, y su difunto marido la observaba desde el óleo al otro extremo del pasillo.

Monday, July 07, 2008

"Un salto al vacío", Capítulo 3

Nota del autor: los dos primeros capítulos de la historia están disponibles en Literatura Wildwoodiana.

ECOS


La cita, a medianoche. Con la última campanada de la catedral, convergerán dos mundos condenados a no encontrarse nunca. El baile furtivo entre sombras podría, quizás, arrojar luz sobre el misterio. Aunque podría también derribar definitivamente el frágil castillo de naipes que simboliza el sistema de valores de una ciudad asentada sobre los pilares del delito y la justicia a partes iguales.
El horizonte húmedo de una calle infinita se queja en un chirriar agudo y sordo que rompe el silencio de la noche. El olor a goma quemada pronto lo impregna todo, y una estela negra que corta el aire a la velocidad del viento recorre de forma casi ingrávida las arterias de la gran urbe gótica. En su interior, dos ojos sombríos miran al frente con melancolía y odio mezclados por igual, y unas garras negras aferran el volante como si de ello dependiese su vida. Los espasmódicos movimientos mecánicos de los mandos denotan un conocimiento extremo tanto del camino como de la técnica de la conducción. Un zig-zag casi inapreciable a izquierda y derecha esquiva in extremis un bulto repentino en medio del pavimento. El vagabundo, borracho y desorientado, gira la cabeza intentando descubrir qué ha arrancado el gorro de su cabeza con una súbita ráfaga de aire, pero ya es tarde. Algunos cientos de metros más adelante el batmóvil sigue su itinerario ajeno a la extrañeza del viejo. A casi doscientos kilómetros por hora, el pasado es más pasado de lo que lo es habitualmente, y el futuro es una sombra que se abalanza sobre uno de forma inexorable.
El bronce de la gigantesca campana que pende inmóvil en lo más alto del torreón brilla quedo a la mortecina luz de la luna. Algo se mueve entre las sombras con sospechosa gracilidad y se aproxima a la mole metálica. Una mueca deforme que no necesitaría ser deformada se refleja en su superficie, ahora en contacto con una mano huesuda y fría como el metal mismo. La angulosa figura dibuja su perfil siniestro a escasos pasos del vacío, y atisba el horizonte de la jungla de asfalto como una rapaz de ojos grandes y penetrantes. La brisa de la noche canta en sus oídos notas discordantes salpicadas de violencia que rememoran tiempos mejores, lejanos recuerdos de una época sin maquillajes ni cascabeles que ahora es tan sólo un borrón informe en su memoria. De pronto, sin razón aparente, prorrumpe en una estruendosa risotada que resuena por toda la estructura catedralicia. El eco se extiende y pierde también en la bruma de la noche, amplificado por la bóveda acampanada de bronce, en busca de un oyente a quien helar la sangre con sus inflexiones extremadamente agudas e inquietantes. Después, silencio. Su eterna sonrisa se dibuja aún mas clara en su chistoso y macabro semblante. Cierra los ojos levantando ligeramente la cara para sentir el aire fresco del crepúsculo, y comienza a tararear, en un susurro casi inapreciable, una tonadilla de tintes añejos en un idioma extraño…

>>El humo es tan denso en la sala, que a algunos de los presentes les cuesta reconocer sus cartas aún enjugándose los ojos. La enorme mesa redonda, tenuemente iluminada por una polvorienta lámpara de araña, es escoltada por cuatro expertos tahúres que luchan por adivinar los pensamientos de sus oponentes. Cada gesto, cada mirada, cada sutil movimiento se analiza minuciosamente en busca del error que condene la partida. En un transistor cercano, Edith Piaf suplica entre interferencias que no la abandonen. La gris atmósfera de la estancia, gris como los grises trajes de los allí presentes, como los sentimientos grises que albergan sus corazones, se ve salpicada de pronto por el púrpura de la locura.
-Buenas noches, caballeros –dice el Joker, mientras cierra a sus espaldas la puerta de la habitación-. Espero que mi presencia no interrumpa su agradable velada.
>>Uno de los hombres, corpulento y de tez morena, que intentaba recoger las ganancias de su última mano estirando los brazos y adelantando el torso hacia la mesa, deja caer de sus labios el humeante pitillo que apretaba entre nervios cuando, boquiabierto, observa la horrenda mueca sarcástica del inesperado personaje.
-No imaginan lo mucho que me complace encontrarles a todos aquí, reunidos. Alguien que les conoce me puso al tanto de su presencia esta noche en torno de esta mesa. Y no quise desaprovechar la oportunidad de tomar parte en su juego. Confío en que no les importe que me una a ustedes…
>>Antes de cerrar la boca, el Joker estira el brazo y alcanza una silla cercana que descansa en la oscuridad. Los hombres, a todas luces desconcertados, se miran entre nerviosos y atemorizados apretándose un poco más para dejar espacio al inesperado compañero de juego. Durante unos instantes nadie mueve un músculo, en espera de que sea el payaso el primero en romper el hielo. Éste parece sentirse como en casa. Agarra el mazo de naipes con sutileza y apoyándolo contra la mesa comienza a barajar en rápidos y espectaculares movimientos habilidosos. Corta, mezcla, vuelve a mezclar, con una mano, con las dos… y nunca deja de sonreír. No podría aunque quisiera. Al fin, mirando fijamente a cada uno de sus acompañantes, deja volar veinticinco cartas de forma precisa y levanta las suyas en abanico mientras se balancea hacia atrás en la silla.
-Habla usted, Sr Hopkins.
>>El Sr Hopkins es un viejo conocido del Joker. Durante los años de la recesión, él y sus trabajadores del muelle 53 se encargaron de suministrar tabaco de contrabando en cantidad suficiente a Jack Napier como para abastecer al mercado negro de Gotham sin necesidad de recurrir a los testaferros del sur del país. Su emporio, venido a menos en los últimos años, comprendía gran parte de las líneas de transporte marítimo que conectaban Gotham y la costa este con Virginia y la Florida. Los negocios que en esa época estableció con Napier le proporcionaron pingües beneficios económicos y protección “legal” suficiente como para crecer rápidamente dentro del hampa de la ciudad, alcanzando un estatus de importancia en la cadena de delincuencia de las listas policiales. Su error, sin embargo, fue querer aspirar a subir un escalón más que el bueno de Jack en dichas listas. Una tarde de otoño, hace casi una década, un hombre alto y encorvado entró en su despacho del muelle con un maletín. Dijo venir de parte de un amigo íntimo a traerle un recado. Cuando abandonó el despacho, a Hopkins le faltaba el dedo meñique de la mano izquierda. “Nos quedaremos esto”, dijo el hombre al salir mostrando su sangrante trofeo, “como señal de agradecimiento al señor Napier por los servicios prestados”.
>>Desde el “trágico” accidente de Napier en la factoría química Axis, Hopkins no había vuelto a tener noticias de su “benefactor”. Sabía que jamás encontraron el cuerpo, sólo eso. Bueno eso, y que sus cuentas en las Islas Caimán se habían seguido moviendo tras su desaparición. Pensaba que con algo de suerte su sonriente alter ego no tendría la necesidad de volver a contactar con él. Pero, evidentemente, estaba equivocado.
-Sostiene sus cartas con asombrosa gracilidad para tener sólo nueve dedos, Sr Hopkins –murmura el Joker, con simulado asombro.
-Práctica, supongo –apunta el hombre, sin levantar la mirada de sus naipes, en un ahogado susurro asustadizo. Luego deja caer dos de sus cinco cartas con indiferencia sobre la mesa y mira suplicando ayuda al hombre que se sienta a su siniestra, pasándole el testigo, justo cuando rompe a sudar.
>>El hombre de la izquierda se llama Ralph Galliani, pero en los bajos fondos de la ciudad se le conoce con el sobrenombre de "Generoso”. Y no es que el tipo sea un dechado de virtudes ni un solidario confeso. No. A Galliani se le llama así por algo mucho más prosaico y oscuro. Cuando alcanzó la mayoría de edad, hace ya varias décadas, a Ralph le fue encomendada la misión de acabar con un prestigioso capo de Little Italy y su familia (mujer y dos hijas) para demostrar su valía como sicario. Cuando los tuvo delante, encañonados con su 35mm y suplicando clemencia, Galliani tuvo el único arrebato de misericordia de su vida y vació todo el cargador sobre el hombre, dejando vivas a las niñas y su madre. Aquella desobediencia no se tomó como un desplante, sino que por algún mecanismo oculto lo que podía haber manchado su carrera para siempre se convirtió en un acto de grandeza que le valió un nombre y una reputación de la que viviría durante años, admirado y respetado.
>>Su relación con el Joker hasta esta ocasión había estado circunscrita a varios encuentros casuales en alguno de los abundantes locales de alterne del East End. Habían cruzado alguna mirada, y en una ocasión el Joker le había cedido los favores de su chica favorita, Roxanne, una rubita de apenas diecinueve años a la que el payaso había apadrinado “desinteresadamente” desde que tenía apenas quince. Eso había sido todo. Por lo que a Galliani respecta, la presencia hoy del grotesco personaje en su mesa no significa una amenaza directa hacia su persona.
>>Los descartes y recogidas de nuevas cartas se suceden. El Joker dejó de mirar las suyas a los pocos segundos de verlas, y espera paciente su turno mientras el resto de jugadores comienza a apostar tímidamente en la primera ronda. Martins y Woodrow, dos socios de un gabinete jurídico de renombre del distrito financiero completan la terna de tahúres en torno de la mesa. Su presencia aquí esta noche tiene que ver con los rumores que recientemente han salpicado la prensa sensacionalista y que apuntan a un posible caso de estafa a la hacienda pública por parte de uno de sus clientes más importantes: el Sr Hopkins. La partida había sido concebida como una excusa para tratar de trazar las líneas de un plan de acción con el que calmar los ánimos del amarillismo periodístico. Y en eso, Generoso jugaba un papel importante: una visita discreta al director de uno de los medios más importantes de Gotham ayudaría seguro a poner punto final a las investigaciones que su ejército de chupatintas estaba llevando a cabo sobre el asunto.
-Veo sus apuestas, señores –dice el Joker-, y las subo mil dólares.
>>Arrastra dos fichas negras al centro del tapete mientras Hopkins le mira fijamente. Éste vacila un instante y finalmente deposita sus cartas, boca abajo, sobre el verde. Susurra un “no voy” ahogado apenas perceptible y rehuye de nuevo la mirada del Joker. Galliani por su parte, los codos apoyados sobre la mesa, farfulla algo entre dientes y lanza otras dos fichas negras sobre las del Joker.
-Veo sus mil pavos, y subo otros dos mil –acaba la frase con una sonrisa forzada que desfigura su enjuto semblante. Al advertir que su gesto puede tomarse como una burla, carraspea borrando la sonrisa de su cara y deposita una ficha roja en el centro de la mesa.
>>Los dos socios, que aún no han abierto la boca, se intercambian miradas furtivas en silenciosa comunicación. No parecen cómodos con la presencia del inesperado quinto acompañante, más que nada porque hasta ahora sólo habían sabido de él por la prensa o la televisión. Tenerlo allí, junto a ellos, les produce una más que notable inquietud. La fama del Joker le precede, y Martins y Woodrow no le son ajenos. En su turno, ambos ven la apuesta de Galliani. Ambos suben otros dos mil dólares. Y ambos desean que sus faroles –un trío y una pareja- no sean descubiertos.
-Me sorprenden gratamente, caballeros –el Joker sigue cada nueva apuesta con indiferencia-. No pensaba que se animarían a adornarse con faroles y respetuosas cantidades como las que aquí manejamos en una primera mano. He de confesarles que me siento complacido.
>>Mantiene la mirada fija sobre sus compañeros de juego unos segundos, como rumiando algún oscuro pensamiento, y desliza después la huesuda mano derecha hasta su montaña de fichas para separar una de las torres zigzagueantes, arrastrándola hacia el centro del tapete. El semblante de los hombres se torna sorpresa. La cifra que el Joker acaba de depositar junto al minúsculo montón de fichas anterior no es ninguna broma. Veinte mil pavos pueden ser muchas cosas, pero desde luego no un broma.
-Éste es el tipo de juego que un hombre espera de compañeros de su altura. Dejémonos de simulacros de valentía y anodinas apuestas de calderilla, y hagamos de esta partida algo memorable. Por lo que a mi respecta, haré lo imposible por no decepcionarles, se lo prometo.
>>Hopkins, que desde que abandonara en primera ronda observa la escena en silencio, dirige temerosas miradas apenas perceptibles al resto de los hombres en busca de un gesto cómplice que desahogue su alma, sumida por completo en un pavor irracional que lucha por disimular a malas penas -finos hilos de sudor recorren su frente, y un ridículo tic que creía superado se apodera de su párpado izquierdo a cada poco.
>>Durante unos instantes el silencio reinante amenaza con romperse de forma violenta, como consecuencia quizás del abandono definitivo de alguno de los tahúres, incapaz de soportar la tensión de una partida que no esperaban, de un quinto jugador que nadie ha invitado, pero que saben no pretende, únicamente, vaciarles los bolsillos. Sin embargo nada ocurre. Se retoma el juego y los hombres, movidos por dios sabe qué deseo o ambición, ven la apuesta del payaso con otros tantos montones de perfectas fichas redondas.
-Carta -dice Generoso, al tiempo que lanza un solitario naipe lejos de su parte de la mesa. El Joker responde con un relámpago de su mano y una nueva carta llega a los dominios del enjuto sicario.
>>Martins y Woodrow no parecen decidirse. Ambos clavan la mirada en sus cartas, como esperando a que algo suceda mágicamente en ellas y sus ridículos faroles se conviertan en valiosas figuras. Finalmente el Joker les devuelve a la realidad.
-¿Señores? -dice-. No tenemos toda la noche.
>>Ambos vuelven a pedir dos cartas, que pronto vuelan de forma precisa hasta sus manos. De nuevo escrutan con atención sus posibilidades, y de nuevo el Joker interviene para apremiarles a no alargar en exceso cada movimiento.
-Créanme, no tengo prisa alguna -susurra amistoso-, pero si saben cómo funciona este juego, todo eso de las parejas, los tríos y las escaleras, comprenderán que no hay necesidad de alargar cada mano más allá de lo que dicta el más estricto sentido del decoro. Y conste -remata-, que no tengo nada en contra de hacer creer que se tiene lo que sólo se desea. Mi rostro tampoco denota lo que siento por dentro, como seguro ya han adivinado.
>>Martins esputa un breve sonido de desaprovación y se deshace de sus cinco naipes lanzándolos con desdén sobre la mesa. Woodrow sin embargo elige seguir en el juego, y tras reorganizar pacientemente sus cartas alza la vista, frunce el ceño, aprieta los labios, gira levemente la cabeza hacia sus fichas, y arrastra la enorme montaña de plástico hasta la zona central del verde.
>>Una risotada sale a borbotones de la boca del Joker, esta vez sí denotadamente divertido, que asombrado apenas puede mantenerse quieto en su silla esperando a que le llegue el turno.
-¿Has visto eso Hopkins? -dice, señalando de soslayo a Woodrow con el pulgar de su mano izquierda-. Eso es echarle pelotas al asunto, ¿eh? Por suerte no todo el mundo en esta mesa es una jodida rata cobarde como tú.
>>El hombre, pese a seguir ocupando una importante porción de espacio en la sala, ya no se encuentra allí. Los nervios hace rato que le obligaron a evadirse mentalmente, y ahora todo lo que alcanza a transmitir son pequeños sonidos provenientes de sus ahogados pulmones y algún que otro carraspeo sordo, pero ninguna palabra.
-Bueno, es la hora de la verdad -sentencia finalmente el payaso, arrastrando la totalidad de sus fichas para reunirlas con las de Woodrow-, el momento crucial en que la existencia de un hombre cobra sentido, la interminable caída al vacío tras de la cual sólo la vida o la muerte pueden tener cabida. Y cuando ese momento llega, uno debe poner toda la carne en el asador, sonreir a la muerte hasta que le duelan las comisuras de los labios para intentar asustarla, y hacer que esa cadavérica hija de puta se dé la vuelta con el rabo entre las patas tras comprender a qué clase de cabrón ha decidido enfrentarse. ¿Va a sonreirle usted también, señor Galliani?
-Creo que voy a pasar -responde éste-. No suelo arriesgar tanto en una primera mano.
-Nadie dijo que vaya a haber una segunda -apostilla el Joker-. De acuerdo señor Woodrow, parece que finalmente somos usted y yo. Nuestros infantiles amigos han decidido mantenerse al margen del juego de los adultos. De algunos me lo esperaba, sinceramente, pero el resto me ha defraudado profundamente, he de serles franco. Bien -añade tras unos segundos-, veamos qué tan magnífica mano le ha llevado a hacer alarde de tamaña valentía.
>>Los demás hombres permancen expectantes. Sus sentimientos se mueven entre el odio y las ganas de ver perder al sarcástico intruso, y el terror de imaginar una reacción enfermiza del trajeado bufón frente a una inesperada derrota. En cualquier caso, prefieren mil veces verle perder a tener que soportar una victoria de semejante personaje en un juego que ellos mismo habían preparado para su disfrute personal.
>>Woodrow descubre sus cartas lentamente, una por una. Pronto una pareja de ases se muestra frente a sus manos. La cosa no pinta mal. Cuando un tercer uno se les suma, los corazones de los hombres comienzan a palpitar con inusitada virulencia. El cuarto as sólo viene a acrecentar su emoción e incredulidad, casi desatando un éxtasis de alegría que lucha por permancer oculto a los ojos del pálido payaso. Póquer de ases. Una jugada redonda. Un golpe de efecto contra el que a buen seguro poco o nada tendrá que hacer el maldito Napier.
-Si eso es un farol -musita incrédulo el Joker-, yo soy la sinfónica de San Francisco en pleno.
>>El resto de personajes observa la escena en un stand by casi infinito. Se cruzan miradas furtivas y silenciosas desde sus posiciones, y clavan los ojos en los del Joker escudriñando en su rojiza mirada un gesto que adelante el desenlace esperpéntico del momento. Su derrota. Aunque sea sólo a las cartas, vencer al maldito payaso es una oportunidad extática que muy pocos pueden permitirse, siquiera soñar, en ese micro cosmos sucio y oscuro que es Gotham.
>>El enjuto asesino púrpura deposita su quinteto de naipes sobre la mesa mientras gira el semblante a uno y otro lado, dirigiendo pausados gestos cómplices a sus compañeros de juego. Luego se centra en Woodrow, que aparenta emanar autosuficiencia, sabedor de que una mano como esa es casi con total seguridad un billete de ida a la victoria. El payaso frunce el ceño, y los hombres creen por un momento que todo ha acabado, que pronto de su deforme boca saldrán las palabras que anuncien oficialmente su rendición y por ende su derrota, pero lejos de ello el Joker dirige la mano lentamente hacia el pequeño montón de cartas y comienza, una por una, a girarlas para mostrar lo que ocultan sus rojos reversos. Un rey. Dos reyes. Tres reyes. Cuatro reyes. Se detiene. Alza la vista. Habla.
-Fíjense, señores. No me negarán que el azar en ocasiones juega a ser un verdadero hijo de puta pronosticador. Un profeta guasón al que le gusta dejarse notar... Quien podría haber previsto si no un desenlace como éste, esta noche aquí, en esta mesa. Cuatro reyes, cuatro perfectos líderes reunidos para la ocasión. Cuatro gloriosos señores del crimen organizado, altivas cabezas visibles en cada uno de sus gremios. Intocables. Invencibles. Orgullosos y autosuficiente, congratulándose por ser quienes son en torno de una sencilla mesa redonda -enlaza su última palabra con un sutil movimiento de índice y pulgar que descubre finalmente la última carta-... y un sencillo comodín.
>>El repóquer de reyes es una mazazo cruel y despiadado, un jarro de agua fría que cae de golpe sobre todos ellos, de pronto desorientados al punto de no saber si gritar, reir, llorar, o sencillamente salir de allí corriendo. El más afectado es sin duda Woodrow, incapaz de apartar la mirada de los cinco naipes que forman un bonito semicírculo delante del Joker.
-Un esperpéntico personaje que nadie esperaba, sin duda -apostilla el payaso-, pero que una vez más resulta indispensable para que lo demás tenga algún valor, alguna trascendencia. Qué ironía, caballeros. De no ser por mi, su metafórica representación en las cartas no me habría dado la victoria, y al tiempo su valiosa imagen impresa ha ayudado a la mía a dar la vuelta a una situación que se antojaba, no hay por qué negarlo, complicada. Supongo -y mientras dice eso mueve la cabeza a uno y otro lado mirando de forma independiente a cada uno de los hombres- que debo darles las gracias, después de todo.
>>Nadie pronuncia palabra. Nadie se mueve. Nadie se atreve a desafiar con la vista a la exultante caricatura mortecina.
-No se lo tomen como algo personal -continúa-. En realidad mi presencia aquí esta noche poco tiene que ver con partidas clandestinas de cartas. Como comprenderán, unos pocos miles de dólares más no resultan tentadores para mi a estas alturas. Aunque el acicate del juego fue sin duda una razón de peso para decidirme por este momento y este lugar a la hora de visitarles. Amén de poder encontrarles a todos reunidos, claro está.
>>Tras de sus palabras, se incorpora de la silla, apoya las palmas de las manos en la mesa y echa el torso ligeramente hacia adelante, dejando que la lámpara baja que ilumina la mesa proyecte en su deforme semblante oscuras y terroríficas sombras que lo convierten en la viva imagen de la locura.
-En realidad, necesito que me hagan un pequeño favor. Supongo que les suena el nombre de Jessica Thorpe; sí, me refiero a la atractivísima Fiscal del Distrito que de un tiempo a esta parte se ha empeñado en hacer que nuestros negocios no sean todo lo fructíferos que venían siendo. En ese sentir debo confesar que me siento muy cercano a ustedes, por mucho que mis formas no sean las de un perfecto criminal de guante blanco, como lo son las suyas, mis respetados amigos. Y no me entiendan mal; cuando digo "criminal", hablo del término en sentido amplio, como es lógico. Cada uno de nosotros tiene un interés concreto que se ha visto fuertemente perjudicado desde que esa picapleitos de trajes caros apareció en escena. No cabe concretar cuáles son, ni aprovecharé la ocasión para hacer alarde de los míos. Puedo resultar irónico y despreciable, pero no soy ningún cabrón maleducado cuando de mantener las formas en una reunión de compañeros de gremio se trata. No... Aún así, es evidente que en este tema todos compartimos un elemento común: nuestro odio por la señorita Thorpe y todo lo que representa.
>>En este punto el Joker hace un silencio y se separa de la mesa, comenzando ahora a caminar despació por la estancia, la mirada perdida en distintas direcciones, mientras continúa con su particular discurso, bajo la mirada del impávido cuarteto.
-Se lo diré simple y llanamente. Quiero que me ayuden a acabar con la Fiscal del Distrito, caballeros. No es que yo no pueda hacerlo, pero para mi desgracia caen sobre mi las miradas de demasiados amigos de la justicia como para permitirme el lujo de dar un paso tan importante y pretender no ser descubierto. Demasiadas ratas voladoras escudriñan la noche buscando mi silueta desde repisas, gárgolas y adornos arquitectónicos similares. Creo que resultaría mucho más sencillo dejar tan necesaria labor en manos de personas menos "observadas" pero igualmente carentes de escrúpulos como ustedes. Evidentemente, pueden contar con mi ayuda en este sentido para lo que consideren necesario... ¿Qué me dicen, señores?

El batmóvil se detiene por fin junto a los pies del campanario. Una sombra alargada que se proyecta en la pétrea pared de la estructura anticipa la aparición del Señor de la Noche. Desciende del vehículo y avanza un par de pasos antes de levantar la mirada hacia el firmamento de Gotham, que se cierne oscuro como él sobre la ciudad que nunca duerme. La torre se eleva varias decenas de metros desde el suelo, dibujando dos líneas paralelas que dejan de serlo a medida que se pierden en las alturas, y en la cima, una figura humana se inclina peligrosamente sobre el borde del abismo para devolver la mirada al murciélago.

-¡Hola, Batman! -grita el Joker, y su voz rebota varias veces en los edificios circundantes-. Puntual como un reloj. Veo que pese a todo no has perdido tu habilidad al volante de ese trasto tan de mal gusto estético. Sube, tenemos un asunto pendiente del que hablar. Además a una rata voladora acostumbrada a las alturas como tú le encantarán las vistas, créeme.
Batman no le interrumpe, ni contesta. Avanza cauto hacia la puerta del campanario, la abre y se pierde entre las sombras en su interior. Apenas un minuto después reaparece en la cima del edificio, junto a la inmensa campana. El Joker le recibe con una exagerada reverencia amanerada, y le invita con un gesto de su mano derecha a acercársele. El murciélago avanza sereno, hasta colocarse a escasos dos metros del payaso, y entonces, los ojos destilando odio y desprecio a borbotones, rompe su silencio.
-¿Y bien? ¿Qué es exactamente lo que quieres de mi, Napier?
-Sinceramente -deja resbalar las palabras de su boca saborenado cada sonido-, oirte decir eso era mucho de lo que quería, Wayne. El resto lo trataremos con calma a continuación, mi alado enemigo. Relájate... la noche es aún joven, y alguien ahí afuera merece que tracemos este plan como dios manda, hombre murciélago...


Thursday, April 03, 2008

Una historia de Recambios

Aquella noche se presentaba larga. Las piezas más selectas, los volantes de cuero y madera noble acompañados de su prole (listones en veta de álamo y raíz de nogal) habían prometido brindis a base del mejor de los aceites CHF.
Las tuercas, tornillos y arandelas, que apenas sí habían podido pagarse un palco con vistas a taller, se quejaban de la falta de espacio, hacinados en sus cubículos, y pugnaban por hacerse con un sitio en la superficie…
El apartado musical correría por cuenta de los Business CD, aunque inauguraría el acto una actuación en directo de, cómo no, Mike and the Mechanics.
Las luces (todas, las H7, las de xenón, las polares…) empezaron a brillar, y la fiesta dio comienzo. Al principio la timidez era la nota dominante, y las molduras apretaban sus grapas contra las paredes en milimétrica simetría, mientras las piezas de obsoleto, tan acostumbradas a ser ignoradas, esperaban ocultas que nadie las invitara a bailar.
Una presumida llanta de aleación ligera y radios de estrella 128 se acicalaba con esmero y la inestimable ayuda de un limpiallantas, frente a un cristal de retrovisor calefactado y convexo de E46 que, claro, estilizaba aún más su figura. Tenía previsto intimar con un neumático de verano (uno que había conocido el verano anterior, vamos) con intención de acoplársele al final de la noche…y dicen las malas lenguas que la relación, miles de kilómetros después, acabó con un triste reventón de él y el consecuente desllante de ella.
De pronto, sonaron fanfarrias provenientes de los diversos escapes y catalizadores a modo de dinásticas trompetas, y ante la expectación general, el montacargas comenzó un lento y majestuoso ascenso desde la sección de chapa. Cuando hubo detenido su parsimoniosa elevación, el eléctrico zumbido de la puerta anunció la llegada del grueso de los invitados. El traspalé amarillo arrastró lo necesario la enorme caja de material, y una infinidad de piezas comenzó a desfilar en un agradecido desorden (¡por una vez camparían a sus anchas lejos de su ubicación!) entre las diferentes estanterías.
Junto a la 101004, unas llaves “no code” (sí, de esas sin estirpe ni clase, esas que profesan odio eterno a las elitistas piezas venidas de Alemania) preparaban afanosas un golpe de efecto que echase abajo los planes festivos del resto. Habían conseguido montar un bombín lapa con un poco de cinta recuperadora y pretendían adosarlo a los bajos del traspalé a su paso de regreso al montacargas. Sin embargo, un oportuno soplo de un marco de espejo que desde la 100904 había oído todo su plan dio al traste con las intenciones del comando llaveril.
Un joven e inexperto termostato se resistía en la oscuridad de su ubicación al envite de una pipa sin junta que el ETK se empeñaba en endosarle una y otra vez con aquello del “sólo en combinación con”…hasta que la pipa sacó de forma sorpresiva un anillo obturador de compromiso para conseguir que el termostato alcanzase los 92º centígrados y diera el sí, tanto tiempo esperado. Cuentan que, de nuevo, su relación acabó rompiéndose porque el termostato desarrolló un “ambiguo” gusto por las culatas dando cada vez más de lado a su compañera.
En aquella fiesta hubo tiempo para número cómicos –los cargadores de CD reproducían una y otra vez los Éxitos de Oro De Arévalo: Sólo en Gasolineras-, espectáculos de coctelería –de mano de las botellas de expansión-, juegos malabares –lanzamiento al aire de aros de retención, equilibrios sobre barra estabilizadora…-y hasta para exhibiciones de fuegos artificiales –los soldadores de chapa, invitados de excepción, dieron buena muestra de ello. Al final, incluso, una reivindicativa y humilde pieza de E30 antiglobalización consiguió amarrarse a la reja de venta externa con unas cadenas de nieve Pentax, y comenzó a lanzar proclamas en favor del aumento de stock de piezas para carrocerías en peligro de extinción. La rápida intervención de las listas de Ubicados En Taller y las pegatinas de Obsoleto evitaron que la cosa llegase a mayores devolviendo la pieza a su lugar de origen.
Y así, entre copas y copas de aceite, anticongelante (el montacargas estaba abajo y el frío aire del invierno se colaba en cada rendija del almacén, con lo que se agradecía su presencia), risas y algún que otro llanto (todos guardaron un minuto de silencio por la ausencia de las piezas en la lista de Faltas, antiguas compañeras desaparecidas en el campo de batalla), transcurrió la noche.
La mañana siguiente comenzó como cualquier otra: el ruido de las persianas al subir, las notas de aviso del Outlook con atrasos de cinco minutos o de 16 horas, las anodinas y desquiciantes, por reiterativas, llamadas de teléfono… Pero las piezas, desde sus ubicaciones, sonreían satisfechas por el recuerdo imborrable de aquella maravillosa noche en que todas, grandes y pequeñas, nobles y bastardas, se deshicieron por unas horas del corsé del orden imperante para mezclarse anárquicas en una maravillosa coreografía de caótica diversión.

Nota del autor: Durante dos largos años, mi vida se vio ligada a la venta de recambios y accesorios en la concesión oficial BMW en Elche, Hispamóvil. Las largas y estresantes jornadas en la ventanilla de venta externa casi acaban conmigo, pero no consiguieron minar mi creatividad ni mis ganas de escribir. Este texto es resultado de alguno de los escasos momentos en que el teléfono me daba una tregua, fraccionados ratos de relax en que mi inspiración luchaba por manifestarse. Leyéndolo hoy, tras el afortunado ennvío del gran Fran -aún ligado al duro mundo del automóvil-, reparo en lo ajeno que me era todo, y lo mucho y bien -habida cuenta de mis orígenes y designios- que llegué a entender aquel universo. No lo echo de menos, honestamente... pero aprendí de todos vosotros, compañeros. Y no hablo de coches, obviamente.

Wednesday, October 10, 2007

"Un Salto al Vacío", Capítulo 2

BIENVENIDO
El tiempo pasa despacio si eres una piedra. No lo hace, sin embargo, si eres un hombre, por mucho que tu corazón se haya vuelto duro y frío como una roca. Pero un año es nada para que el cambio pueda hacer mella en la piedra servida en toneladas que levanta una mansión oscura y parca en ornamentos con más de cien años de historia. Todo sigue igual: cada balaustrada, cada peldaño de la escalinata principal, cada capitel y cada gargolesca figura del friso sobre la entrada.
Una fría ráfaga de viento que hace silbar a los árboles arremolina las ocres hojas contra las paredes, y el canto siniestro y triste de un grajo augura tormenta. Bruce Wayne, el respetado señor Wayne, heredero de una de las fortunas más importantes del país, deseado soltero, respetado hombre de negocios, desconocido vengador, misterioso desaparecido…ha vuelto. Observa inmóvil su hogar, y no siente nada. En el fondo, sabe que su sitio aún no es ése, y que podría no serlo nunca más. Si ha saltado de nuevo al centro de la pista, en contra de su voluntad, ha sido empujado desde las bambalinas de las sombras por un payaso temeroso de que las fieras se hagan con el control del circo, sabedor de que sólo hay un hombre capaz de domarlas.
Los largos días de verano de la infancia quedan lejos. Aquel niño curioso, tímido e inquieto que exploraba cada rincón de la propiedad es un recuerdo distante. Los gritos de alegría al ver llegar a su padre, el movimiento constante arriba y abajo del servicio, la agitación general previa a la celebración de una de las muchas galas que su madre ofrecía a amigos, familiares y clientes…todo es ahora un eco sordo en su memoria. Alfred. Sólo Alfred Su imagen acuda clara a su cabeza. El fiel mayordomo, albacea durante tantos años de su fortuna, es lo único que perdura de aquellos tiempos. En cierto modo, fue como un padre para él, una luz que guió sus pasos cuando el camino quedó borrado de golpe por el mazazo de la muerte. Desde entonces lo llenó todo, no sólo el vacío emocional de la pérdida, sino también el físico en la casa. Su enorme presencia mantuvo con vida la menguante personalidad de aquella mansión, el carácter antaño vital y luminoso de la enorme construcción decimonónica, haciéndole más fácil el día a día en un hogar que cada vez le era mas extraño. Consejero, tutor, educador, servidor…amigo. Sabe que si alguien le ha echado de menos durante estos meses ha sido Alfred. Pero también sabe que él comprendía el motivo, y que su regreso, aunque temporal, hará florecer en su viejo y sereno semblante una sonrisa sincera por el inesperado reencuentro.
Encamina entre reflexiones sus pasos hacia la puerta principal y levanta el pesado gozne de bronce con rostro de fauno. Podría llamar al timbre, simplemente, pero añora el eco poderoso del roble de la puerta perdiéndose por las múltiples estancias de la casa, que siempre anunciaba la llegada del difunto señor Wayne al caer la noche. Tras de unos instantes de espera en silencio, unos pasos delatan la presencia de alguien al otro lado de la puerta. Un par de chasquidos sordos preceden al lento chirriar de las bisagras, y pronto el incipiente resquicio descubre la mirada inquisidora de un hombre ataviado de negro y blanco en un impoluto traje de corbata. Alfred le mira, tranquilo e inalterado, antes de entornar los ojos y dibujar en sus labios un gesto de incontenible alegría.
-Justo a tiempo, señor –su voz denota emoción, aunque trata de disimularla con un aire de seriedad fingida-. La cena está a punto de servirse.
Al abrir el grifo da nácar, una nube de vapor toma toda la estancia. La bañera rebosante es una reproducción a escala del río en los neblinosos días de invierno, con una fina capa translúcida suspendida justo por encima de la superficie. Ya casi había olvidado la reconfortante sensación que supone un baño de agua caliente perfumada con sales. El obsoleto transistor sintoniza una emisora de onda pesquera en la que suenan acordes clásicos de corte gótico. Alarga la mano para coger la agonizante barrita de incienso que prende lenta junto a él, y la apaga introduciéndola en el agua. Después se levanta, coge una toalla y la ajusta a su cintura. Los siguientes minutos los dedica con esmero a hacer desaparecer la desaliñada barba que le ha acompañado durante el último año. Después, ya en su habitación, escoge casi aleatoriamente algo de ropa de su generoso armario y, una vez vestido, dirige sus pasos a su “despacho”.
La bat-cueva conserva su esplendor, pese al año de inactividad. Las rocosas paredes húmedas se elevan majestuosas una decena de metros por encima del pétreo suelo, y una pequeña cascada de agua helada se precipita incansablemente en el extremo sur de la gruta. La iluminación es tenue, pero permite distinguir cada rincón con claridad: el panel de monitores, el cuadro de mandos, los rádares… y una plataforma elevada donde descansa la niña se sus ojos. Bruce Wayne se le acerca y lo acaricia, sonriente.
-Él también le ha echado de menos, señor –le sorprende Alfred desde una esquina-, estoy seguro.
El batmóvil. Una joya de aleación ligera resistente a balas y cargas explosivas diseñado por Industrias Wayne por encargo de un misterioso pero acaudalado cliente de las Islas Caimán, al parecer aficionado a las incursiones en frentes de guerra… que descansa a escasos kilómetros de donde fuera concebido, en manos del ilustre y pacifista dueño del emporio Wayne. El batmóvil. Una sombra invisible a los radares y detectores de movimiento equipado con la última tecnología en armamento tierra-aire y tierra-tierra capaz de desarrollar velocidades por encima de los 300 km/h, aliado inestimable en la lucha que el señor de la noche mantiene con el crimen organizado de Gotham…
>>El batmóvil. Batman sabe que todo pasa por llegar hasta él, pero la veintena de hombres que le rodean no se lo van a poner fácil. Sus rostros irradian maldad y desesperación, mientras sonríen de forma casi clónica clavando sus ojos en los de su presa. Estudia sus posibilidades en un análisis vertiginoso del contexto y su situación y determina que, dadas las circunstancias, un ataque frontal puede ser la opción correcta. Antes siquiera de que los hombres puedan apreciar sus movimientos, Batman extrae de su cinturón dos batarangs que lanza con precisión a los dos enemigos más cercanos. El impacto es letal: los cuerpos se desploman inertes frente a él ante la atónita mirada del resto. Un gigantón greñudo al que le faltan casi todos los dientes ruge y embiste contra la sombra alada. Batman lo esquiva sin demasiado esfuerzo y golpea su espalda con el codo a su paso. La mole cae de bruces arrastrando su enorme panza un par de metros por el suelo, inconsciente. Antes de que acabe la escena, alguien agarra al murciélago por la espalda tratando de inmovilizarlo. Batman lucha por zafarse y descubre la presencia cercana de un encorvado hombre de rasgos asiáticos que esgrime con una nada desdeñable habilidad un machete de interesantes proporciones. Sus miradas se cruzan unos instantes y el hombre lanza una rápida estocada directa al pecho del héroe. Usando a su inmovilizador como punto de apoyo, eleva su cuerpo en el aire y lanza un enérgico puntapié al rostro del hombre armado. Acto seguido impulsa la cabeza hacia atrás acertando en el mentón del individuo, que recula y libera a su enemigo. Batman se gira veloz impulsando su pierna izquierda con la cadera para propinarle a media altura un golpe seco y demoledor. Uno menos.
>>Algunos de los hombres restantes deciden que es mejor huir que enfrentarse a sus miedos, y se internan raudos en las sombras lejos del alcance del señor de la noche. Los que aún conservan algo de valor, o son tan imprudentes como para intentar vencer en el cuerpo a cuerpo a alguien que casi les dobla en estatura, hacen piña en torno a Batman. Se organizan con intención de llevar a cabo un ataque conjunto que no pueda repeler y avanzan con lentitud estrechando el círculo en torno del héroe. Éste los mira impasible girando sobre sí mismo, y eleva después la mirada a las alturas en lo que podría interpretarse como un gesto trascendente a modo de plegaria. Nada más lejos. La sombra sonríe socarrona y dispara un certero tiro con uno de sus gadgets a una cornisa cercana para elevarse después velozmente por encima de las cabezas del grupo, que se abalanza sobre él lo suficientemente tarde como para rozar sus botas con la punta de los dedos. Desde allí, un salto hasta el edificio de enfrente. Uno más. Y otro. Y otro. Pronto puede observar la escena desde las alturas, como lo haría un azor con sus presas antes de abalanzarse sobre ellas.
>>A salvo por fin, recogido sobre sí mismo y en calma, la gargolesca figura traza visualmente un vuelo descendente que le lleve a su corcel de metal negro, escondido algunas decenas de metros más bajo. Abre sus alas y se descuelga ingrávido, a lomos del viento, fachada abajo. Mientras crecen paulatinamente en sus pupilas los objetos que antes sólo insinuaban formas en el asfalto, piensa en quién es y en por qué hace lo que hace. La respuesta se dibuja clara en su mente. Una sonrisa dantesca. Dos disparos. Dos cuerpos inertes. Un llanto desconsolado. Una vida solitaria…Una venganza.
>>Entra en el batmóvil y se siente a salvo, inexpugnable. Enciende el contacto y el rugido silencioso del motor le da la bienvenida…
Anhelaba su canto áspero y violento, mezcla de combustión y música metálica. Siente el tacto frío y suave del volante en sus dedos, casi como si acariciase la tersa piel de alguna de sus amantes. Alfred le observa desde fuera.
-Han nacido el uno para el otro, señor- apunta-. No cabe duda.
Apaga el motor y el silencio vuelve a la batcueva. Permanece un segundo inmóvil dentro del coche, y después desciende pausadamente. Avanza decidido hasta su butacón giratorio de cuero negro y toma asiento.
-He llegado a extrañar realmente este lugar –dice, casi para sí.
-El tiempo se ha detenido en su ausencia. No es que el ritmo en esta casa acostumbre a ser vertiginoso, pero sus quehaceres diarios suponían gran parte de la actividad habitual entre estas cuatro paredes. Desde su marcha, señor, la monotonía ha sido la nota dominante.
-Siento de veras que todo ocurriese así, Alfred –responde Bruce, mirando a los ojos al enjuto mayordomo-. Me habría gustado poder avisarte, o al menos despedirme como es debido. Pero por desgracia las cosas no acontecen como a uno le gustaría que lo hicieran. Este último año he tenido tiempo para reflexionar. Sobre todo para reflexionar. He pensado mucho en mi identidad, en mi lucha, en mis anhelos y en mis temores.
-¿Y ha concluido en algo, señor? –pregunta Alfred.
-No lo sé –la mirada perdida del hombre murciélago emana incertidumbre, mezclada con nostalgia-, para ser honesto. Al final de cada pensamiento la constante solía ser la contradicción. Muchas noches, cuando la sangre me pedía a gritos acción, luchaba conmigo mismo para refrenar el impulso en la creencia de que así podría purgar mi alma de los tormentos a los que la hube sometido. Pero detener lo inevitable no es fácil, Alfred. Hasta hace algunos meses, los que la luna ha permanecido huérfana de compañero en la oscuridad, tenía claro cuál era la senda que guiaba mis pasos. Cuando el grito de ayuda manchaba la negrura del cielo, el murciélago desplegaba sus alas y caía en picado sobre el delito y la injusticia. Encontraba en ello un placer difícil de describir, casi irracional. Pero, ¿hacía lo correcto? O sea, ¿tenía derecho a interferir de forma egoísta en la labor de otros por pura satisfacción personal? Hubo un momento en que sabía sin ningún género de dudas que tras de la máscara había un hombre. El sentimiento de venganza, justificada, movía mis actos sin más aspiración que la liberación del espíritu. No pretendía llegar más allá. Buscaba reconciliarme con mis miedos para teñir de color mis recuerdos, y en la búsqueda caerían tantas fichas como fuera necesario para derribar el dominó de la redención…
Batman silencia sus palabras en un suspiro ahogado que nada tiene que ver con nostalgias o recuerdos. Una tos seca y asfixiante enrojece por unos instantes el rostro de Bruce Wayne; pero antes de que Alfred, alarmado, pueda acercarse a golpearle la espalda, se recupera y prosigue con su reflexión.
-No sabría decir en qué punto del camino me aparté de mi objetivo. Dónde exactamente dejé de perseguir un sueño para guiar el carruaje de las pesadillas de otros. Sólo sé que al final de todas las cosas por las que luché, detrás de todo aquello que movía mi ambición, no pude encontrarme a mi mismo.
Alfred medita sus palabras en silencio. Por primera vez después de muchos años, el intimidante señor de la noche le recuerda a aquel crío desprotegido que arropaba antes de dormir, para después leerle un cuento. Su mirada fría y segura brilla ahora con reflejos de incertidumbre. Avanza lentamente por el suelo pulido de la cueva, hasta llegar a la altura de su protegido; luego alarga la mano y la apoya firmemente en su hombro. Su semblante cuasi octogenario, sereno, inspira de pronto en Bruce Wayne una calma y una confianza que creía perdidas para siempre. Una sonrisa sincera se dibuja en la cara del mayordomo, que sentencia:
-Bienvenido a casa, señor.


Thursday, July 19, 2007

"Un salto al vacío", Capítulo 1


ENCUENTROS

Gotham duerme. Sus calles susurran en sueños viejas promesas incumplidas de paz y fraternidad. La queda neblina de la bahía es una almohada donde se amortiguan los gritos de pesadilla provenientes de algún oscuro callejón.
Un gato salta de cubo en cubo de basura, y proyecta su sombra decenas de metros en el pavimento. Más arriba, junto a la herrumbrosa escalera de incendios del tercer piso, una luz quejicosa deja intuir la sensual figura de la seducción. Parece que la mujer se sirve un vaso generoso de una botella rellenada demasiadas veces. Hoy tiene suerte: su amor de media hora y veinte dólares ha venido a visitarla.
La figura oscura que se desliza por el alféizar de la ventana del ático no parece tener aspiraciones suicidas. Cubre su rostro con un pasamontañas y avanza con paso firme por la estrecha cornisa. Cuando llega a la ventana, ésta le recibe ondeando sus cortinas hacia el exterior, y el hombre, agradecido, se cuela dentro. Un breve silencio es la antesala al alarido mezcla de sorpresa y dolor de una joven voz femenina. Su eco se pierde al fundirse con los de sirenas y cristales rotos en algún otro punto de la noche. La familia vuelve a estar reunida.
Todo eso ocurre mil veces al día, cada noche, en mil lugares distintos de la geografía de esta ciudad viva que camina de la mano de la muerte hacia el precipicio de lo inevitable. Los espíritus que un día soñaron que un nuevo amanecer era posible callaron hace tiempo. Sus voces aún resuenan en las azoteas de las vetustas construcciones, sus estampas redentoras aún brillan en las primeras páginas de la prensa sensacionalista… Los héroes se marcharon. Acaso nunca existieran.
Esta noche, el viento cambia constantemente. Las nubes se arremolinan en caprichosas formas en torno de la luna, llena como los tugurios de la orilla del East River, y un frío seco, áspero, lo mancha todo de escarcha. Un grupo de vagabundos se aprietan en círculo junto a un bidón humeante. Ninguno dice palabra. Ni tan siquiera se miran. Sus pensamientos se pierden en recuerdos de días mejores, salpicados de visiones de asaltos y palizas en mitad de la noche. Un súbito ruido en algún lugar oscuro, al fondo del callejón les alerta, y todos dirigen sus miradas a la penumbra. De entre las tinieblas emerge una figura, una silueta enorme que crece con cada paso. Los sin-techo forman ahora una media luna de este lado del bidón y observan atónitos la escena. El hombre, semi iluminado por la luz del fuego, debe medir poco menos de dos metros. Sus hechuras son enormes, sus facciones duras y angulosas, y su mirada, fría como el relente y profunda como el océano. Viste harapientas ropas cubiertas por una enorme manta raída y sucia. Camina despacio, con la mirada perdida y el semblante lívido, hacia el grupo de indigentes. Pero no se detiene al llegar hasta ellos; continúa su andadura más allá del límite del callejón, y se acaba perdiendo al girar la esquina entre las humeantes bocas de alcantarilla.
El hombre avanza sobre el pavimento sin rumbo fijo. Dos adolescentes de pelo teñido le miran desde un portal y le invitan a pasar un rato juntos a su paso. Él las ignora y sigue su marcha. Alguien le ofrece algo desde la ventanilla de un Firebird negro, hasta que el súbito sonido de una sirena da al traste con el improvisado negocio. De todas formas, no tenía visos de éxito. Algunos minutos después el hombre llega a la entrada sur del Parque. Se interna en la oscuridad de esa jungla urbana sin dudarlo y siente el aire frío de la noche por primera vez en el rostro.
Los ruidos que llegan de todas partes son más propios de un bosque que de una gran urbe. Las alimañas que habitan la espesura observan el avance de la figura desde múltiples ángulos, agazapadas en sus escondrijos. El vuelo zigzagueante de un murciélago rompe la quietud del aire al paso de la norme sombra. Los ojos del hombre parecen interactuar por vez primera con su entorno, y se dirigen a la pequeña bestia. Después de alguna cabriola suspendido del viento, el murciélago desciende y se posa sobre su hombro. Con la mano lo recoge cuidadosamente y lo introduce en un bolsillo de la gastada chaqueta. Apenas unos pasos más adelante la falda de una colina se eleva hacia el cielo nocturno, y entre las grietas de una de las paredes una pequeña apertura da la bienvenida al hombre, que se desliza en su interior con dificultad, dado su volumen. El tintineo de una solitaria vela, al fondo de la estancia, descubre entre parpadeos una caverna de roca de reducidas dimensiones pero techo alto salpicada de improvisados muebles a todas luces recogidos de la basura: una mesa con tres patas, un sofá gastado y sucio, un colchón de muelles oxidados… El hombre se sienta en el sofá, observa la entrada a la cueva, y saca del pantalón lo que parece un sándwich mohoso y mordido. Arranca un pequeño pedazo y lo lleva al bolsillo de su chaqueta; el murciélago saca la cabeza y muerde el minúsculo trozo, con un agudo grito de agradecimiento. Fuera, comienza a llover. Las gotas golpean contra la arenosa entrada a la caverna en un hipnótico repiqueteo, y el hombre clava sus ojos en las copas de los árboles que a lo lejos reflejan la luz de los incipientes relámpagos. Pronto el cansancio le vence y se deja llevar por un sueño profundo y reconfortante.
>> La mujer que yace junto a él, la boca entreabierta, recostada sobre su lado derecho y completamente desnuda, podría ser cualquiera. No una cualquiera, pero sí cualquiera de las muchas mujeres encantadoras y terriblemente bellas que conoce. La noche anterior fue difícil: demasiado vino, demasiada cena, demasiado sexo… Ordenar los acontecimientos en la cabeza no es sencillo. Aunque tampoco demasiado relevante. El final, como siempre, es el mismo. La enorme cama de su enorme habitación en su enorme mansión. Y el bueno de Alfred tocando a la puerta, avisando de que el desayuno está listo.
>>Un caballero no dejaría que una dama vuelva a casa sola después de una noche de ofrenda carnal, pero por lo general los caballeros no suelen vivir en una gigantesca casa victoriana que descansa sobre una gigantesca gruta equipada con la última tecnología para la lucha contra el crimen. Eso, claro está, comporta ciertas obligaciones. Y ciertos privilegios. No obstante, la compañía de Alfred y la seguridad de un Rolls Royce deberían bastar para que la dama se sienta lo suficientemente recompensada y sueñe con volver alguna otra noche.
>>Las primeras horas del día transcurren siempre entre ejercicios físicos y sesiones de música clásica en el amplio gimnasio de la segunda planta. Ese instante lo guarda con celo para sí, porque es el único momento de la jornada que dedica exclusivamente a su persona, a solas con sus recuerdos, miedos y deseos. El resto del día es una sucesión de reuniones, fiestas y actos sociales con los que salvaguarda su imagen y su apellido. Su reputación está directamente relacionada con la solvencia de su empresa, y la solvencia de su empresa lo está con su tiempo libre y la continuidad de su “pequeña afición”. Es un hombre eminentemente nocturno, y gusta de salir de caza cuando cae la noche, ataviado con extrañas y oscuras ropas, al amparo de las sombras que proyecta la luna sobre los tejados de esa ratonera que es Gotham al partir el sol.
>>Encaramado en lo alto de un pináculo de obsidiana con el que se funde inmóvil, observa la aparente quietud de la ciudad a cientos de metros de altura. La capa ondea como una siniestra bandera a ambos lados de su figura, y una bandada de murciélagos revolotea inquieta a su alrededor. Sus ojos negros se clavan en las distantes calles, y su oído aguarda atento la señal que desencadene su puesta en marcha. Pronto la paz se rompe. El imperceptible eco de un grito en algún lejano callejón es el resorte que le hace sumergirse de cabeza en el oscuro mar de asfalto. Su vuelo es rápido y circular, majestuoso, una enorme sombra alada que desciende en silencio desde nadie sabe dónde cuando se rompe la frágil barrera que separa el bien del mal.
>>La mueca de placer en el rostro del hombre es grotesca. Golpear a la indefensa mujer que lucha por erguirse frente a él es algo incomparablemente hermoso. Su boca ensangrentada, sus ojos llenos de lágrimas, su cabello arremolinado y sucio… ¿Cómo resistir la tentación noche tras noche? No desea matarla. No eso, no. Es demasiado bella, demasiado débil. Claro que uno nunca sabe en qué momento puede aparecer la muerte, y medir la fuerza de cada golpe es una tarea imposible. ¿Y esa sombra? Sus delirios de poder le hacen ver cosas donde no las hay. En ese callejón están solos él y su presa, nadie más. Otra vez. No, no es nada, sólo su imaginación perturbada y el cansancio acumulado durante el último mes de cacería. Tiene que seguir con su trabajo, nada de distracciones. Su público, al tiempo protagonista de su obra, espera que culmine su espectáculo. Mira fijamente a la mujer, ya callada hace rato, y le sonríe casi paternalmente mientras eleva la mano con calma por encima de la cabeza. La única farola del callejón proyecta su sombra sobre el rostro de la mujer. De pronto una sombra mayor lo envuelve todo en penumbras. El hombre, confuso, se gira para descubrir a sus espaldas la presencia negra como la noche de aquél a quien todos temen. Antes de que todo se funda en la ausencia absoluta de luz que es la inconsciencia, el hombre alcanza a ver un símbolo, una silueta sencilla e icónica que representa todo lo opuesto a lo que él persigue. El murciélago ha vuelto a ser más rápido de lo que lo podría ser cualquier otra alimaña nocturna, como él mismo. Silencio. Frustración. Alivio. Agradecimientos. Sirenas. Partida.
>>La noche será larga. Todas lo son. El murciélago no parará de volar de tejado en tejado, de gruta en gruta, en busca de más alimento. Y mientras el cielo de Gotham se desdibuje con la mortecina luz del foco de la esperanza, la sombra seguirá con su rutina. A lo lejos, un nuevo desequilibrio del lado de los malditos reclama su presencia. Pronto alguien dormirá el sueño de los no-inocentes…
La mano que toca su hombro es delicada, pero masculina, no obstante. Sus finos y largos dedos se le clavan con firmeza, sobrepasando lo que podría considerarse amistoso para entrar en el terreno de lo hostil. Una voz desagradable y chirriante susurra algo a sus espaldas.
-Buenas noches, hombre murciélago –la voz retumba en la caverna unos instantes-. Se te ha echado mucho de menos ahí afuera.
El tono, sarcástico e irritante, le resulta familiar. La mano se retira de su hombro y el “invitado” camina evitando el sofá hasta situarse junto a la entrada, frente a él. Su sonrisa deforme y exagerada no ha cambiado nada con el tiempo. Resulta imposible determinar si debajo de ese rictus inquietante hay ira, placer, odio o tristeza. Al contraluz, su silueta estilizada dibuja la forma de la maldad, esa que él tan bien conoce. Unos ojos grandes, inyectados en sangre le observan ahora sin disimulo. Sería fácil saltar sobre ellos y retorcer ese cuello largo y fino en un rápido movimiento de manos, pero por alguna razón permanece inmóvil, devolviéndoles la mirada sin pestañear a escasos metros de distancia.
-Tienes un aspecto lamentable –escupe desde su posición el siniestro personaje.
-¿Qué demonios quieres, Joker?
La voz suena profunda, rota y grave, tanto que en la caverna el eco casi no la repite. Demasiado tiempo callado le ha conferido un toque aún más solemne y aterrador.
-Al menos no has perdido la memoria, Batman –hay cierto aire de dasahogo en sus palabras-. Te llamaría Sr. Wayne, pero no me sale, lo siento. Lo que tengo delante de mis ojos parece cualquier cosa menos un señor…
Una risotada aguda y descompasada llena la estancia durante unos segundos. El pequeño murciélago del bolsillo interior de la chaqueta responde con un grito breve y timorato.
-No es que haya llorado tu ausencia todo este tiempo, pero la cosa tenía más gracia cuando te empeñabas en dar al traste con mis planes una y otra vez–añade el Joker.
-Siento haber decepcionado a mi público –responde Batman.
-El caso –el Joker comienza a andar por la estancia con las manos amarradas tras la espalda, como dándose importancia- es que no habría tenido interés alguno por encontrarte de nos ser por un pequeño asunto que creo puede ser de tu incumbencia.
Batman le mira fijamente, intrigado.
-Sé positivamente que alguien como tú, problemas personales al margen, que ahí no entro –carga su voz de un tono amable que suena aún más falso e hipócrita de lo que lo hace habitualmente-, no permitiría que alguien se pasee por las calles de Gotham campando a sus anchas mientras encadena una muerte con otra, y otra más. Puede que estés pensando que en qué me afecta eso a mi –apunta el Joker-, y porqué de pronto me preocupa que alguien se dedique a hacer lo que yo vengo haciendo durante años. Bueno, el que haya muertes me da exactamente igual, casi diría que me reconforta ver que mi semilla ha dado frutos después de tanto tiempo –replica alegre-. Pero lo que ya no resulta tan excitante es ver cómo las víctimas elegidas pertenecen siempre al mismo gremio –se detiene para mirarle fijamente a los ojos-: el mío.
Un relámpago realza su esperpéntica imagen justo antes de que el trueno posterior lo llene todo de la música brutal de la naturaleza.
-Ahí afuera –prosigue el Joker- hay quien dice que un nuevo vengador ha ocupado tu puesto en la noche. Otros, los que no te conocen bien, como yo, dicen que Batman por fin ha vuelto. Pero yo sé bien que ése no es tu estilo. No, el bueno del murciélago prefiere no llenarlo todo de cadáveres cuando es posible tan sólo echar un cable a la policía aturdiendo, inmovilizando o entreteniendo. Ese espíritu protagonista de quien quiera que esté haciendo menguar el número de mi plantilla de colaboradores no tiene nada que ver contigo en absoluto. Por eso creo que tú no permanecerás al margen de algo así. Y por eso me he tomado la molestia de encontrarte, Batman, mi viejo amigo.
-¿De verdad piensas –dice Batman- que te ayudaría en algo, sea lo que sea, o que me aliaría contigo tras todo estos años de enfrentamiento? Te creía más inteligente, Jack Napier.
El Joker, impasible, ríe divertido tras sus palabras.
-No has cambiado un ápice, amigo: el hombre de hielo, el témpano humano, el incorruptible hombre murciélago… Tranquilo, Wayne, el “comodín”, el joker, la mejor carta de mi baraja, la había reservado para el final.
Algo en su tono comienza por primera vez a inquietar a Batman.
-Te gustará saber, señor “no-hay-nada-que-pueda-afectar-mis-sentimientos”, que cierta “amiguita” abogada, ayudante del Fiscal del Distrito, se está ocupando personalmente del caso… y que por ende, se ha colocado ella solita en el punto de mira de mi, tu, nuestro enemigo secreto… rata humana con alas –un silencio toma forma antes de que prosiga con su intervención-…Y supongo que no serás capaz de dejarla sola en un momento así..¿verdad?
El muy bastardo sabe qué cuerdas tocar para hacer sonar su música. Batman lucha en silencio con su deseo de violencia irracional hacia el Joker, mientras sopesa sus opciones y digiere el mensaje del payaso. Luego de unos segundos se levanta pesadamente del sillón, avanza los escasos pasos que le separan de su enemigo, y acerca su cara a la del rufián para susurrarle.
-Cualquier treta, cualquier artimaña, cualquier engaño… te llevará directo a la tumba, Joker. Tenlo claro: no hago esto por ti. Ni siquiera lo hago por mi. Acabaré con ese indeseable, sea quien sea, y desaparecerás de mi vida como si todo esto nunca hubiese tenido lugar. ¿Entendido?
-¡Por supuesto! Está claro como el agua, amigo…
Batman le agarra por las solapas del traje violeta con un rápido movimiento.
-Y una cosa más… Ni se te ocurra volver a llamarme “amigo”.