Thursday, July 05, 2007

Ríete tú de José Luis Moreno

Abraham me pone en contacto con una de tantas vetas explorables en Youtube (ya sabéis, esos vídeos que uno encuentra por casualidad y que acaban llevándote a otros, y a otros, y a otros...). En esta ocasión descubrimos un nutrido grupo de freaks de epiglotis floja y labios hasta arriba de power-ups (buscadlos bajo la etiqueta "beat box") que dejan las viejas cajas de ritmo de Sony a la altura del betún. Uno alucina viendo en qué invierte el tiempo el personal, y cómo eso del "talento" es tan heterogéneo como cualquier otra cosa. Si esta sociedad pagase por dejar perplejo en lugar de dar asco (léase Gran Hermano and co.), habría cantidad de friki millonario.
Disfrutad de esta pequeña selección de vídeos que han hecho furor en mi casa, al punto de tenernos a algunos de los Arenas (incluída mamá Sands) haciendo el moñiga con la boca a las 2 de la mañana...
Nota: especial atención al tercer vídeo, un tarado de look Emmetbrowniano que se mofa del fenómeno con maña y habilidad de corta-y-pega, y en general a los caretos de los artistas...un poema.




Saturday, June 23, 2007

Mi Cine en Casa (1): Atrapado en el tiempo


Ocurre a menudo que, llevado por la creativa mente de algún guionista, el cine consigue hacernos sentir identificados con sus historias hasta creernos parte activa de éstas, tanto o más que los propios protagonistas. Uno empieza a pensar como lo haría Hannibal Lekter cuando espera paciente en la cola de la charcutería, o entorna interesante la mirada al más puro estilo Yoda cuando recapacita sobre el consejo que dar a un amigo en apuros amorosos. La vida, en ese sentido, es puro celuloide virgen sobre el que desarrollar nuestras pequeñas esquizofrenias. Un espejo de dos caras que devuelve con frecuencia un reflejo deformado del reflejo fiel que el cine aspira a ser.
Mi retrato fílmico particular es un bucle cómico-dramático de ciento un minutos en el que el verdadero protagonista es la Rutina (sí, con mayúsculas). La repetición incesante y desquiciante de un mismo día hasta la saciedad que plasma al milímetro lo que viene siendo mi vida de un tiempo a esta parte: levántate a las 7:52, vístete y desayuna antes de las 8:06, coge el coche a las 8:14, suicídate a las 19:43… Y sí, amigos, también me despierto cada día con Sonny y Cher y su “I got you babe”. Los frikis somos así.
Harold Ramis, el enervante Egon Spengler de Cazafantasmas (doblado a la sazón por el igualmente enervante Federico Menescal, archiconocido en su casa), dirige un sketch multiángulo sobre la América profunda que ha convertido a Punxsutawney, Pennsylvania, en el icono de las costumbres surrealistas que inundan la tierra de las oportunidades. Uno ya no imagina un “costa a costa” en descapotable sin una visita a Gobbler’s Knob y su entrañable marmota Phil, la misma que cada 2 de febrero sale de su madriguera para pronosticar un invierno especialmente largo o una primavera adelantada, en función de si ve o no su sombra. Súmenle a semejante espectáculo un circo de rancios pueblerinos, y tendrán sin duda el mejor escenario para una pesadilla en la que verse atrapado sin escapatoria. Así lo refleja un grandioso Bill Murray (fenomenal como siempre Jordi Brau) en búsqueda constante del día perfecto que lo libere de semejante maldición. Para ello deberá aprender de memoria cada minuto de una jornada que acabará convirtiéndole (y jamás deja de asombrarme que todo ocurra de nuevo al caer la noche) en el hombre más popular del pueblo.
Una historia llena de impagables momentos (¿Phil? ¿Phil Connors? ¡Soy yo, Ned Rayerson!) al ritmo de la Polka de Pennsylvania que nos hace ver con otros ojos lo estándar de nuestras vidas. Quizás no tengamos una marmota que secuestrar con la que suicidarnos, o puede que jamás consigamos conocer a la perfección a esa chica de nuestro sueños (yo me habría tirado por el precipicio con la insufrible Rita/Andy MacDowell), pero sin duda todos hemos sentido en algún momento la angustiosa sensación de vernos atrapados en una vida rutinaria que ocupa un espacio mínimo en nuestra memoria, porque todos los días son el mismo. A mi al menos, me ocurre constantemente.

Sunday, June 10, 2007

Memorias de un voyeur


En el principio fue una palanca. Un tacto húmedo, recuerdo aún reciente de tantos otros Arturos en busca de su Excalibur, y un clic multidireccional con el que gobernarlos a todos y atarlos a las tinieblas, que diría aquél. Asir su fisonomía era volar. Gozar, creer, sentir, disfrutar… Todo al mismo tiempo, sin esfuerzo alguno. Un golpe seco a plomo en el fondo del cajón, y el viaje daba comienzo.
Recuerdo vívidamente nuestro primer encuentro. Estaba allí, en la penumbra de una sórdida esquina, radiante y provocativa, a partes iguales. Me dirigí hacia ella, algo temeroso ante lo desconocido, y me asomé al abismo de su luz. Lo que pude ver, mezcla de arte y tecnológica fantasía, escapa a las palabras. La mística conexión sináptica que tuvo lugar en aquel momento no se ha extinguido después de todos estos años. Le juré amor eterno, y cumplí.
Cada tarde (o cada mañana, que el tiempo entonces se medía de forma diferente) acudía a nuestra cita con lo imposible en la esperanza de llegar al final de la aventura con una sola bala en la recámara (rara vez la economía de juguete de mi bolsillo permitía un segundo intento). Los escasos pero intensos minutos que duraba nuestro intercambio (impensable hoy día) tenían su recompensa en la superación de la anterior marca, en el dominio de un nuevo movimiento o en el encuentro casual con algún item oculto. Al final, la suma de todo ello era el relajante pitillo “de después”, el regusto dulce del deber cumplido con quien me daba tanto placer a cambio de tan poco.
Una tarde, acabado mi turno, me quedé allí de pie, junto a ella, viendo como otro mejor y más hábil conseguía dejar mi record en nada sin despeinarse. Cabía pensar que en base a nuestra íntima relación, algo oscuro despertaría en mi al verla satisfacer a alguien que no fuese yo. Sorprendentemente no sentí celos, ni envidia. De pronto descubrí que mirar era casi tan gozoso como tomar parte activa en el juego (en el sentido amplio de la palabra). Observar las evoluciones mecánicamente perfectas o los tropiezos torpes de los demás me hacía sentir pleno, sin necesidad de más protagonismo. Me instalé en la segunda fila, para tener una perspectiva más amplia, y comprendí que los grandes maestros siempre hicieron del vouyerismo una herramienta indispensable.
A veces, cuando nadie miraba, daba un paso y me aferraba a ella. Deslizaba el metal en su interior y apretaba el botón, su botón. Una mágica sinergia nos conectaba brevemente y después, de nuevo, retrocedía a mi habitual segundo plano. Sólo buscaba sentir que aún era capaz de hacerla mía y que la llama que nos había unido en un primer momento seguía viva.
El tiempo la vistió de mil formas distintas. Siempre apetecible y atractiva, supo evolucionar de modo que jamás le faltaran pretendientes. Los parcos ornamentos iniciales, sus escasos atributos y sencillas formas con los que un día se bastó para atraernos a todos, se adaptaron a las necesidades de cada momento y época hasta convertirse en el icono de lo perfecto. Nada había más allá de su presencia, cautivadora, vanguardista, única. Y un día, de pronto, cuando se erguía orgullosa en la cima de su estrellato, comenzó su declive. La sombra amenazante que había ido creciendo en los hogares de aquellos que una vez le profesaran incondicional pleitesía, se había precipitado sobre su reino robándole de golpe todo el protagonismo que siempre había tenido. Y así, desde mi segunda fila, la vi desaparecer progresivamente, rompiéndome el corazón en mil pedazos.
Después, me abandoné al placer rápido y fácil del pad, el cartucho y el CD. Deambulé durante años entre colosales aventuras épicas de decenas de horas de duración, fastuosos mundos tridimensionales de aplastante hiper-realismo y argumentos ambiciosos con finales de película. Añoraba mi cómodo segundo plano y la agradable sensación de disfrutar oculto del esfuerzo de otros. Y justo cuando creía que jamás volvería a verla, ocurrió.
Ahora me encuentro aquí, junto a ella en esta penumbrosa sala de mi apartamento de 40 metros, mirándola fijamente como lo hiciera tantas otras veces. Y mientras espero pacientemente la partida de algún otro que no llegará jamás, la observo, inmóvil, y le juro amor eterno.

Friday, June 01, 2007

Felicidades, Don Mollinno...

Mi "familia", la de verdad, la que unen la confianza y el respeto...escasea en miembros. Los mas allegados gozan del privilegio de mi amistad porque saben devolverla en su justa medida. Alguien dijo una vez, "Amistad y dinero...agua y aceite". El dinero no es, por fortuna, una cuestión de importancia. Así que el aceite desaparece, y todo es agua. Todo fluye. Quince años después (se dice rápido), todo sigue fluyendo.
Estas calles de la vida, salpicadas de la violencia del quehacer diario, sus tiros a traición y sus inesperadas cabezas de caballo, nos han hecho más fuertes. Nada ha conseguido perturbar la estabilidad del clan, y la esencia de aquel primer instante permanece intacta en nuestro particular Chicago.
Algunos nos fuimos y volvimos. Otros marcharon y no volverán jamás. Los más, esperan el tren de regreso a casa en las escaleras de Union Station mirando inquietos a su alrededor mientras nosotros, la Familia, respiramos tranquilos porque sentimos la seguridad de tenernos los unos a los otros. Siempre ahí, dispuestos a hacer una visita nocturna al abogado de turno, a lastrar con cemento los pies de algún soplón sobre el lago Michigan, o a escuchar las penas de nuestras vidas asidos a una cerveza...que al final todo es lo mismo.
Me alegro mucho, señor, de acercarme al abismo de los 30 a su lado, como el primer día. Acariciamos el gato de la nostalgia unidos en recuerdos de 8 bits y cintas de VHS, y siempre hay un guiño para alguna gala de los Oscar perdida en la noche de los tiempos. Somos lo que somos. Una gran Familia. Felicidades, chiquet. Y ahora, voy a hacerte una oferta que no podrás rechazar...
¿Te hace una partida a la maca?

Friday, May 11, 2007

Mi deseado "tecno-anacronismo"


El hombre dormita sereno en su vetusto camastro renacentista, y llenan su cabeza de ideas revolucionarias ensoñaciones de los más variados tipos. Alas de piel de cordero y madera de acacia en humanoide armazón pajaruno; helicoidales formas sinuosas que elevan en vertical al osado protopiloto; poleas que conectan poleas y engranajes que mueven la rueda del molino sin la necesaria ayuda de la bestia… Y de pronto, un ruido insoportable rompe la calma de su alcoba renacentista y lo saca de su creativo abandono nocturno. Ante él se dibuja, diáfana enmarcada en su amplio ventanal, la silueta de un Black Hawk que ilumina toda la estancia con un potente foco de luz blanca. Al día siguiente, un tal Leonardo DaVinci ingresa en un monasterio cercano en lo que podría llamarse “estado de shock post-traumático”. Nadie vuelve a oir su voz, y muere años después sin volver a mentar palabra, totalmente abstraído en la fantasmal visión mecánica que le asaltara aquella noche…
Resulta sencillo imaginar el impacto que semejante encuentro podría haber causado en la mente preclara del inventor italiano. Los anacronismos tecnológicos no obstante, más allá de la creatividad hollywoodiense y sus Deloreans, son realidades imposibles que encuentran su razón de ser en la imaginación trasnochada de nostálgicos tecnócratas.
La pregunta sobre capacidad de asimilación del ser humano frente a lo imposible, da una vuelta de tuerca más cuando se traslada al universo del videojuego para dilucidar el resultado de un hipotético experimento. A saber: un par de jóvenes imberbes apremian el paso camino de su casa a la salida del instituto; uno de ellos acaba de adquirir una flamante Sega Megadrive, 16 bits de pura potencia, con el juego más veloz programado hasta la fecha, Sonic The Hedgehog, y planean pasar la tarde delante del televisor enganchados al pad. El experimento, alto secreto, comienza con el encendido del sistema. En lugar del mensaje de Sega Enterprises Ltd, la pantalla se ilumina con un verde cegador y una enorme “x” inserta en una esfera. Nuestros sujetos aún no saben lo que pasa, y se miran perplejos y desorientados. Pronto, un enorme soldado embutido en futurista coraza hace acto de presencia, de espalda a los dos chavales. Un pañuelo se ciñe a su ruda cabeza, y sus enormes brazos sujetan una exagerada ametralladora con lo que parece ser una sierra en el extremo. El chico que sujeta el pad aún no da crédito a sus ojos, pero casi instintivamente desliza el pulgar por la cruceta, y el personaje comienza a andar. Lo que ahora ven en su televisor Sony Matchline 100hz de 28’’ no tiene nombre. El soldado avanza por un entorno gigantesco, semiderruído e hipersólido que ellos no pueden distinguir de la realidad. ¿O es la realidad misma? ¿Alguien les toma el pelo, cámara en ristre, haciéndoles creer que aquello es un videojuego? Siguen moviéndose por la barroca ciudad apocalíptica y de pronto, el soldado sale corriendo. ¡Ahora sí que saben que la imagen es real! El movimiento perfecto de la cámara al hombro delata a sus observadores. Justo entonces, surge de pronto tras de un gran bloque de piedra lo que parece ser una horripilante criatura deforme que blande otra de esas enormes armas, y abalanzándose rauda sobre el soldado lo despedaza y da muerte. El saber súbitamente que todo lo visto era parte de un videojuego les hiela la sangre. Comienza a recorrerles un sudor frío y el corazón les palpita a velocidades de vértigo. El shock amenaza con aparecer. Y antes de que puedan siquiera soltar palabra, un simpático erizo azul se materializa en la pantalla del televisor y echa a correr, ufano, por una verde pradera bidimensional.
El experimento no deja de ser una fantasía, pero todos la hemos tenido alguna vez. Es el menage a trois de los jugones con solera, el sueño húmedo de haber podido disfrutar siquiera por un instante de las grandes obras que hoy nos desbordan en plenos años 80 o 90, cuando todo era nuevo y nosotros aún éramos impresionables. La pregunta, como decíamos, es saber si habríamos sobrevivido. Metal Gear 4, Gears of War, Gran Turismo 5… Cualquiera habría servido para ponernos a prueba. Y de no haber muerto, ¿qué habría sido de nosotros a partir de ese momento? ¿Se habría replegado el universo sobre sí mismo en una paradoja espacio-temporal? ¿El Sonic 2 habría sido programado sobre una Naomí y Mario gritaría “It is me, Mario” con un perfecto Emotion Engine? Casi con total seguridad, habríamos ingresado en un monasterio hasta el fin de nuestros días. Eso, o la agridulce sensación constante de haber tocado el cielo con la punta de los dedos, pero haber sido devueltos a la vida por la presencia resplandeciente que nos empujaba a seguirla al final del túnel…