Tuesday, August 28, 2007

La maca de Wildwood


Sí amigos! El viejo sueño de la máquina recreativa en casa es ya una realidad en Wildwood's Home. De hecho, lo era desde hace algunos meses, pero la ocasión de presentaros al más joven y a la vez el más vetusto de los sistemas del Corral se había ido dilatando en el tiempo por asuntos que ahora no vienen al caso. Ante todos vosotros...¡la maca de Wildwood!
Como no podía ser de otra modo, el motivo básico en que me basé para el diseño de los artes de la maca fue mi idolatrado Street Fighter 2. Haciendo uso del inenarrable Photoshop, pude plasmar primero en soporte digital y después en vinilo (gracias al amigo Julián, "romansero" entre "romanseros") las imágenes que en las fotos adjuntas podéis ver, fruto de mi inspiración y admiración por las muy diversas ilustraciones que del título de Capcom pueblan internet.
El mueble, a decir verdad, dejaba bastante que desear en lo que a imagen se refiere en origen. Varias capas de pintura blanca devolvieron cierta luminosidad a una "cabinet" relativamente estropeada por el paso del tiempo. El azul cobalto que se aprecia en las cantoneras puso después la guinda al trabajo pictórico previo a la restauración eléctrica de la recre.
Dicha labor como suele ser habitual fue la que más dolores de cabeza dio al equipo restaurador. La parte del J-Pac no tiene mérito alguno (70 euros tienen la culpa), pero el reponer altavoces, limpiar botonería, hacerse con un ordenador decente, desmontarlo, volverlo a montar, conectarlo, configurarlo, sufrir por la escasa operatividad del PowerStrip y decidir dejarlo todo por imposible, es harina de otro costal. Mentiría si dijese que la primera vez que vi la imagen del Rastan en pantalla no sufrí una emoción descomunal por la que todo el esfuerzo previo había merecido la pena, pero lo cierto es que de esa primera imagen al resultado esperado (y conseguido al final), distaba un mundo.
No sería hasta tiempo después, cuando ya las partidas eran habituales a aquellos títulos cuya resolución soportaba el PowerStrip, que casualmente topé con lo que a mi juicio sería la clave para hacer de mi maca una auténtica recreativa pese a tirar del MAME y tener por tripas y corazón un ordenata en lugar de una placa Hamma como dios manda. El hallazgo lo aportó un amigo de Marcianitos que hacía referencia a la posibilidad de convertir una ATI 9250 de 128mb (valorada en 30€) en una ArcadeVGA (valorada en 90€) con la que conseguir que la imagen mostrada por el monitor Hantarex de la recre fuera exactamente y para todos los juegos la original de los salones recreativos. La cosa estribaba en flashear la BIOS para engañar a la tarjeta e instalar después los drivers de la ArcadeVGA original en el ordenador. Dado que todos los hilos del foro de Marcianitos al respecto hablan de la "posible no legalidad" del hecho en cuestión, no diré que yo llevé acabo semejante acción. Sí diré no obstante, que una vez descubierta esta posibilidad, los juegos "misteriosamente" empezaron a verse 100% fieles a la resolución arcade tradicional.
Desde ese momento la maca podía darse oficialmente por terminada, si bien el noble arte de la restauración de recreativas siempre deja una puerta abierta a la mejora, que en el caso que nos ocupa se refiere básicamente al diseño y colocación de los vinilos para los artes laterales. La primera parte, la del Photoshop, está en este momento al cien por cien, y sólo resta pues que encuentre el momento para que Julián imprima las imágenes y éstas descansen definitivamente en los laterales de la maca.
Mientras ese momento llega, los piques y tardes de auténtico vicio en torno de la nueva atracción de la Wildwood's Home están garantizados, y ya atraen a nostálgicos del mundo arcade deseosos de rememorar antiguas hazañas a los mandos de una auténtica recreativa de las de siempre. A veces la miro y pienso cuántas partidas pudieron disfrutar en sus mandos los chavales de aquella época, y una sonrisa hace acto de presencia... Principalmente, porque me gusta pensar que entre todos aquellos mocosos pude haber estado yo.

Friday, August 17, 2007

The Lord of the Rings on Stage


Sólo la idea ya tiene mérito: intentar plasmar sobre un escenario la épica lucha entre el bien y el mal plagada de magia, belicismo y fantasía de J.R.R. Tolkien. La pregunta, una vez reconocido el primer punto, es si tal osadía es posible. Y a tenor de vídeos como el que aquí veis (y otros muchos disponibles en Youtube), y de las referencias que en numerosos sites pueden leerse, el director Matthew Warchus lo ha conseguido.

La producción, la más cara hasta la fecha con un coste de 24 millones de dólares, pone en escena un plantel de 55 actores, una orquesta de 18 miembros, un enorme decorado giratorio con tres secciones diferenciadas y 17 plataformas elevadoras para conseguir llevar al directo del teatro la magnitud de la obra original.

Tres horas y media de asombro constante esperan al afortunado poseedor de una de las entradas que en dos sesiones por día permitirán el acceso al teatro Royal Drury Lane de Londres durante varios meses. Y en una de esas, el día 17 de noviembre, el pupilo Arenas será testigo de todo lo que este giganteso híbrido entre musical, obra de teatro y montaje de la Fura puede dar de sí. ¡Pedazo regalo de cumpleaños!

Ya nos pondrá al tanto a su regreso...


Wednesday, August 08, 2007

Turn tape over


El otro día paré a repostar en una de esas gasolineras perdidas que salpican las carreteras nacionales, y pensé que había atravesado un agujero en el espacio-tiempo. Entre los surtidores se exhibía una colección de casetes del pleistoceno, en un expositor vertical coronado con un cartel que rezaba “¡Oferta! 8.95€”. Independientemente de lo desorbitado del precio (¿habrá picado alguien alguna vez?) y la heterogénea selección musical (Junco, Camela, Makina Total 6…), y tras comprobar que mi Accent no se había convertido en un Delorean (para mi desgracia), ver aquella reliquia analógica frente a mis ojos después de tanto tiempo me hizo pensar en lo injusto que resulta el progreso, de cuando en cuando.
Evidentemente, la nostalgia que sentí en aquel momento no tenía nada que ver con mi veta melómana. A mi memoria acudieron vívidos recuerdos de un época en la que el soporte magnético era la base de la industria lúdico-electrónica. Eran “los tiempos tranquilos”, como me gusta llamarlos; tiempos de juegos multicarga y scrolls tortuguescos que nos hacían vivir el “frenetismo” de las primeras proto-aventuras de otra manera. El ritmo de la experiencia jugable del momento exigía importantes dosis de paciencia desde el instante mismo de la decisión de pasar un rato frente al ordenador de turno. A saber: los tiempos de carga permitían merendar despreocupados en el salón, en espera de que cesase aquella cantinela agónica de chips exprimidos que acompañaba las fastuosas ilustraciones pixeladas del amigo J. Darder. Después, la obligada configuración del teclado (los joysticks se reservaban para algún simulador y poco más), aquellas “QAOP SPACE” que han quedado marcadas a fuego en la memoria colectiva del jugón de la época (ríanse ustedes del 4 8 15 16 23 42 de Perdidos). Y finalmente, el disfrute poco ambicioso de los primitivos sprites y decorados, directamente emparentados con los dibujos del Telesketch, en su parsimonioso baile a empujones por unas pantallas de limitada (limitadísima) resolución.
Y detras de todo aquello, el casete. O la casete, que sobre el género del término hay división de opiniones. Las cintas (también llamadas así por metonímica equivalencia) hacían del plástico el más noble de los elementos. Eran ligeras, estaban ensambladas con axiomática simpleza y en el mejor de los casos eran decoradas con parca serigrafía monocromo (el título, el logo de Erbe –mayoritariamente-, y poco más). En su interior, metros y metros de información sobre una emulsión magnética extremadamente sensible a condiciones externas como el calor, o accidentales roces o ralladuras. Esa asumida sensibilidad nos acabó convirtiendo en improvisados cirujanos plásticos (nunca mejor dicho) del “k”, artesanos del Cello y la tijera, restauradores del Basic y el Ensamblador. Había cierta magia en poder recuperar un título que ya dábamos por perdido, sentir de alguna manera que la Aventura Original de turno volvía a la vida tras nuestro casero “boca a boca” de corta y pega. Y del mismo modo, sentíamos que algo moría en nuestro interior cuando el fatídico “read error” anunciaba una carga fallida y una posible defunción irrecuperable. Sacar el tema a colación, tantos años después, aún me llena los ojos de lágrimas por mi mítico Sol Negro…
El debate sobre el precio del software, tan de moda hoy día, era un chiste de mal gusto por aquel entonces. La franja en la que se movían los precios de los juegos en casete oscilaba entre las 495 pesetas, para los títulos con cierto tiempo en el mercado, y en torno a las 1200 para los juegos más punteros, novedades y packs. Puede que haya quien piense que, en cierto modo, 1200 pelas de aquella época (y más si se las mira desde la óptica del bolsillo de un niño) no eran tampoco moco de pavo. Habrá quien piense que un casete y una caja de cartón no justificaban semejante desembolso. Y seguro que algunos señalarán esos habituales defectos de carga que antes apuntábamos como una razón de peso para exigir un precio inferior en un artículo que a menudo no satisfacía la expectativa creada en el comprador. Pero, amigos, el que diga todo eso no tiene ni pajolera idea de lo que habla. El arte y el mimo con el que las compañías diseñaban cajas y libretos, y el merchandising que a menudo acompañaba al juego en su lanzamiento (pósters, cintas de audio con la banda sonora del título original –véase Out Run-…), justificaba con creces lo pagado. Dudo, sinceramente, que la cuenta corriente de alguno de los programadores de la época pueda siquiera compararse a la de, por ejemplo, John Carmack. Y no me negarán que, al menos en lo tocante a originalidad y calidad, lo aportado por éste no es netamente superior a lo que pudieron legar otros como Paco Menéndez (genio creador de La Abadía del Crimen, que en paz descanse), sin ir más lejos.
Con la llegada de los soportes digitales (y antes la popularización del disquete de 3 1/5) , el casete entró en un paulatino declive que acabaría haciéndolo desaparecer de forma definitiva e irrevocable a principio de los 90. Significativo fue el canto del cisne que para el Spectrum 128 supuso el lanzamiento del mítico Street Fighter 2 (del resto de versiones anunciadas, incluida la de CPC que servidor tanto anheló, no se tienen noticias -excepto la de C64, de la que hablaremos en breve-). Cuando muchos (y decir esto me llena de ira, entre otros oscuros sentimientos) tiraban sus ZX de Sinclair a la basura (literalmente), Capcom (vía US Gold) comercializó una de las piezas de coleccionismo más codiciadas de la época de los 8 bits. Sorprendentemente, el título poseía un alto nivel de calidad gráfica (aunque una quizás exagerada multicarga) que maravilló a los pocos privilegiados que pudieron disfrutarlo en el momento. No obstante, cualquier intento por insuflar algo de vida a los maltrechos ordenadores de casete llegaba ya tarde: la alargada sombra del PC y la revolución de las consolas eran para entonces una realidad contra la que nada podía hacerse.
El sentimentalismo retro que suele empapar mis comentarios no me impide ser realista a la hora de valorar lo positivo y necesario del avance tecnológico, por lo que no pienso caer en el error (chorrada, más bien) de afirmar que el casete nunca debió desaparecer. A las cintas les llegó su momento como les llegó al tiranosaurio o al lince ibérico (ah, que éste aún muere atropellado en las carreteras españolas… disculpen), y sin cedés, deuvedés y demás formatos no disfrutaríamos hoy de lo que disfrutamos. Lo que me solivianta, realmente, es el regusto rancio y algo cutre que ha quedado como poso en la memoria colectiva con respecto al casete como soporte. La injusticia cometida con un icono tecnológico que supuso una revolución a todos los niveles (no sólo en el mundo del videojuego), del que mamamos durante años toda una generación (y bien a gusto, oiga). ¡Destruyamos entonces todas esas vetustas cintas que aún guardamos, llenas de polvo, en un cajón! Ah, que lo que contienen es demasiado valioso… Comprendo…
Ahí lo tienen.

Thursday, July 19, 2007

"Un salto al vacío", Capítulo 1


ENCUENTROS

Gotham duerme. Sus calles susurran en sueños viejas promesas incumplidas de paz y fraternidad. La queda neblina de la bahía es una almohada donde se amortiguan los gritos de pesadilla provenientes de algún oscuro callejón.
Un gato salta de cubo en cubo de basura, y proyecta su sombra decenas de metros en el pavimento. Más arriba, junto a la herrumbrosa escalera de incendios del tercer piso, una luz quejicosa deja intuir la sensual figura de la seducción. Parece que la mujer se sirve un vaso generoso de una botella rellenada demasiadas veces. Hoy tiene suerte: su amor de media hora y veinte dólares ha venido a visitarla.
La figura oscura que se desliza por el alféizar de la ventana del ático no parece tener aspiraciones suicidas. Cubre su rostro con un pasamontañas y avanza con paso firme por la estrecha cornisa. Cuando llega a la ventana, ésta le recibe ondeando sus cortinas hacia el exterior, y el hombre, agradecido, se cuela dentro. Un breve silencio es la antesala al alarido mezcla de sorpresa y dolor de una joven voz femenina. Su eco se pierde al fundirse con los de sirenas y cristales rotos en algún otro punto de la noche. La familia vuelve a estar reunida.
Todo eso ocurre mil veces al día, cada noche, en mil lugares distintos de la geografía de esta ciudad viva que camina de la mano de la muerte hacia el precipicio de lo inevitable. Los espíritus que un día soñaron que un nuevo amanecer era posible callaron hace tiempo. Sus voces aún resuenan en las azoteas de las vetustas construcciones, sus estampas redentoras aún brillan en las primeras páginas de la prensa sensacionalista… Los héroes se marcharon. Acaso nunca existieran.
Esta noche, el viento cambia constantemente. Las nubes se arremolinan en caprichosas formas en torno de la luna, llena como los tugurios de la orilla del East River, y un frío seco, áspero, lo mancha todo de escarcha. Un grupo de vagabundos se aprietan en círculo junto a un bidón humeante. Ninguno dice palabra. Ni tan siquiera se miran. Sus pensamientos se pierden en recuerdos de días mejores, salpicados de visiones de asaltos y palizas en mitad de la noche. Un súbito ruido en algún lugar oscuro, al fondo del callejón les alerta, y todos dirigen sus miradas a la penumbra. De entre las tinieblas emerge una figura, una silueta enorme que crece con cada paso. Los sin-techo forman ahora una media luna de este lado del bidón y observan atónitos la escena. El hombre, semi iluminado por la luz del fuego, debe medir poco menos de dos metros. Sus hechuras son enormes, sus facciones duras y angulosas, y su mirada, fría como el relente y profunda como el océano. Viste harapientas ropas cubiertas por una enorme manta raída y sucia. Camina despacio, con la mirada perdida y el semblante lívido, hacia el grupo de indigentes. Pero no se detiene al llegar hasta ellos; continúa su andadura más allá del límite del callejón, y se acaba perdiendo al girar la esquina entre las humeantes bocas de alcantarilla.
El hombre avanza sobre el pavimento sin rumbo fijo. Dos adolescentes de pelo teñido le miran desde un portal y le invitan a pasar un rato juntos a su paso. Él las ignora y sigue su marcha. Alguien le ofrece algo desde la ventanilla de un Firebird negro, hasta que el súbito sonido de una sirena da al traste con el improvisado negocio. De todas formas, no tenía visos de éxito. Algunos minutos después el hombre llega a la entrada sur del Parque. Se interna en la oscuridad de esa jungla urbana sin dudarlo y siente el aire frío de la noche por primera vez en el rostro.
Los ruidos que llegan de todas partes son más propios de un bosque que de una gran urbe. Las alimañas que habitan la espesura observan el avance de la figura desde múltiples ángulos, agazapadas en sus escondrijos. El vuelo zigzagueante de un murciélago rompe la quietud del aire al paso de la norme sombra. Los ojos del hombre parecen interactuar por vez primera con su entorno, y se dirigen a la pequeña bestia. Después de alguna cabriola suspendido del viento, el murciélago desciende y se posa sobre su hombro. Con la mano lo recoge cuidadosamente y lo introduce en un bolsillo de la gastada chaqueta. Apenas unos pasos más adelante la falda de una colina se eleva hacia el cielo nocturno, y entre las grietas de una de las paredes una pequeña apertura da la bienvenida al hombre, que se desliza en su interior con dificultad, dado su volumen. El tintineo de una solitaria vela, al fondo de la estancia, descubre entre parpadeos una caverna de roca de reducidas dimensiones pero techo alto salpicada de improvisados muebles a todas luces recogidos de la basura: una mesa con tres patas, un sofá gastado y sucio, un colchón de muelles oxidados… El hombre se sienta en el sofá, observa la entrada a la cueva, y saca del pantalón lo que parece un sándwich mohoso y mordido. Arranca un pequeño pedazo y lo lleva al bolsillo de su chaqueta; el murciélago saca la cabeza y muerde el minúsculo trozo, con un agudo grito de agradecimiento. Fuera, comienza a llover. Las gotas golpean contra la arenosa entrada a la caverna en un hipnótico repiqueteo, y el hombre clava sus ojos en las copas de los árboles que a lo lejos reflejan la luz de los incipientes relámpagos. Pronto el cansancio le vence y se deja llevar por un sueño profundo y reconfortante.
>> La mujer que yace junto a él, la boca entreabierta, recostada sobre su lado derecho y completamente desnuda, podría ser cualquiera. No una cualquiera, pero sí cualquiera de las muchas mujeres encantadoras y terriblemente bellas que conoce. La noche anterior fue difícil: demasiado vino, demasiada cena, demasiado sexo… Ordenar los acontecimientos en la cabeza no es sencillo. Aunque tampoco demasiado relevante. El final, como siempre, es el mismo. La enorme cama de su enorme habitación en su enorme mansión. Y el bueno de Alfred tocando a la puerta, avisando de que el desayuno está listo.
>>Un caballero no dejaría que una dama vuelva a casa sola después de una noche de ofrenda carnal, pero por lo general los caballeros no suelen vivir en una gigantesca casa victoriana que descansa sobre una gigantesca gruta equipada con la última tecnología para la lucha contra el crimen. Eso, claro está, comporta ciertas obligaciones. Y ciertos privilegios. No obstante, la compañía de Alfred y la seguridad de un Rolls Royce deberían bastar para que la dama se sienta lo suficientemente recompensada y sueñe con volver alguna otra noche.
>>Las primeras horas del día transcurren siempre entre ejercicios físicos y sesiones de música clásica en el amplio gimnasio de la segunda planta. Ese instante lo guarda con celo para sí, porque es el único momento de la jornada que dedica exclusivamente a su persona, a solas con sus recuerdos, miedos y deseos. El resto del día es una sucesión de reuniones, fiestas y actos sociales con los que salvaguarda su imagen y su apellido. Su reputación está directamente relacionada con la solvencia de su empresa, y la solvencia de su empresa lo está con su tiempo libre y la continuidad de su “pequeña afición”. Es un hombre eminentemente nocturno, y gusta de salir de caza cuando cae la noche, ataviado con extrañas y oscuras ropas, al amparo de las sombras que proyecta la luna sobre los tejados de esa ratonera que es Gotham al partir el sol.
>>Encaramado en lo alto de un pináculo de obsidiana con el que se funde inmóvil, observa la aparente quietud de la ciudad a cientos de metros de altura. La capa ondea como una siniestra bandera a ambos lados de su figura, y una bandada de murciélagos revolotea inquieta a su alrededor. Sus ojos negros se clavan en las distantes calles, y su oído aguarda atento la señal que desencadene su puesta en marcha. Pronto la paz se rompe. El imperceptible eco de un grito en algún lejano callejón es el resorte que le hace sumergirse de cabeza en el oscuro mar de asfalto. Su vuelo es rápido y circular, majestuoso, una enorme sombra alada que desciende en silencio desde nadie sabe dónde cuando se rompe la frágil barrera que separa el bien del mal.
>>La mueca de placer en el rostro del hombre es grotesca. Golpear a la indefensa mujer que lucha por erguirse frente a él es algo incomparablemente hermoso. Su boca ensangrentada, sus ojos llenos de lágrimas, su cabello arremolinado y sucio… ¿Cómo resistir la tentación noche tras noche? No desea matarla. No eso, no. Es demasiado bella, demasiado débil. Claro que uno nunca sabe en qué momento puede aparecer la muerte, y medir la fuerza de cada golpe es una tarea imposible. ¿Y esa sombra? Sus delirios de poder le hacen ver cosas donde no las hay. En ese callejón están solos él y su presa, nadie más. Otra vez. No, no es nada, sólo su imaginación perturbada y el cansancio acumulado durante el último mes de cacería. Tiene que seguir con su trabajo, nada de distracciones. Su público, al tiempo protagonista de su obra, espera que culmine su espectáculo. Mira fijamente a la mujer, ya callada hace rato, y le sonríe casi paternalmente mientras eleva la mano con calma por encima de la cabeza. La única farola del callejón proyecta su sombra sobre el rostro de la mujer. De pronto una sombra mayor lo envuelve todo en penumbras. El hombre, confuso, se gira para descubrir a sus espaldas la presencia negra como la noche de aquél a quien todos temen. Antes de que todo se funda en la ausencia absoluta de luz que es la inconsciencia, el hombre alcanza a ver un símbolo, una silueta sencilla e icónica que representa todo lo opuesto a lo que él persigue. El murciélago ha vuelto a ser más rápido de lo que lo podría ser cualquier otra alimaña nocturna, como él mismo. Silencio. Frustración. Alivio. Agradecimientos. Sirenas. Partida.
>>La noche será larga. Todas lo son. El murciélago no parará de volar de tejado en tejado, de gruta en gruta, en busca de más alimento. Y mientras el cielo de Gotham se desdibuje con la mortecina luz del foco de la esperanza, la sombra seguirá con su rutina. A lo lejos, un nuevo desequilibrio del lado de los malditos reclama su presencia. Pronto alguien dormirá el sueño de los no-inocentes…
La mano que toca su hombro es delicada, pero masculina, no obstante. Sus finos y largos dedos se le clavan con firmeza, sobrepasando lo que podría considerarse amistoso para entrar en el terreno de lo hostil. Una voz desagradable y chirriante susurra algo a sus espaldas.
-Buenas noches, hombre murciélago –la voz retumba en la caverna unos instantes-. Se te ha echado mucho de menos ahí afuera.
El tono, sarcástico e irritante, le resulta familiar. La mano se retira de su hombro y el “invitado” camina evitando el sofá hasta situarse junto a la entrada, frente a él. Su sonrisa deforme y exagerada no ha cambiado nada con el tiempo. Resulta imposible determinar si debajo de ese rictus inquietante hay ira, placer, odio o tristeza. Al contraluz, su silueta estilizada dibuja la forma de la maldad, esa que él tan bien conoce. Unos ojos grandes, inyectados en sangre le observan ahora sin disimulo. Sería fácil saltar sobre ellos y retorcer ese cuello largo y fino en un rápido movimiento de manos, pero por alguna razón permanece inmóvil, devolviéndoles la mirada sin pestañear a escasos metros de distancia.
-Tienes un aspecto lamentable –escupe desde su posición el siniestro personaje.
-¿Qué demonios quieres, Joker?
La voz suena profunda, rota y grave, tanto que en la caverna el eco casi no la repite. Demasiado tiempo callado le ha conferido un toque aún más solemne y aterrador.
-Al menos no has perdido la memoria, Batman –hay cierto aire de dasahogo en sus palabras-. Te llamaría Sr. Wayne, pero no me sale, lo siento. Lo que tengo delante de mis ojos parece cualquier cosa menos un señor…
Una risotada aguda y descompasada llena la estancia durante unos segundos. El pequeño murciélago del bolsillo interior de la chaqueta responde con un grito breve y timorato.
-No es que haya llorado tu ausencia todo este tiempo, pero la cosa tenía más gracia cuando te empeñabas en dar al traste con mis planes una y otra vez–añade el Joker.
-Siento haber decepcionado a mi público –responde Batman.
-El caso –el Joker comienza a andar por la estancia con las manos amarradas tras la espalda, como dándose importancia- es que no habría tenido interés alguno por encontrarte de nos ser por un pequeño asunto que creo puede ser de tu incumbencia.
Batman le mira fijamente, intrigado.
-Sé positivamente que alguien como tú, problemas personales al margen, que ahí no entro –carga su voz de un tono amable que suena aún más falso e hipócrita de lo que lo hace habitualmente-, no permitiría que alguien se pasee por las calles de Gotham campando a sus anchas mientras encadena una muerte con otra, y otra más. Puede que estés pensando que en qué me afecta eso a mi –apunta el Joker-, y porqué de pronto me preocupa que alguien se dedique a hacer lo que yo vengo haciendo durante años. Bueno, el que haya muertes me da exactamente igual, casi diría que me reconforta ver que mi semilla ha dado frutos después de tanto tiempo –replica alegre-. Pero lo que ya no resulta tan excitante es ver cómo las víctimas elegidas pertenecen siempre al mismo gremio –se detiene para mirarle fijamente a los ojos-: el mío.
Un relámpago realza su esperpéntica imagen justo antes de que el trueno posterior lo llene todo de la música brutal de la naturaleza.
-Ahí afuera –prosigue el Joker- hay quien dice que un nuevo vengador ha ocupado tu puesto en la noche. Otros, los que no te conocen bien, como yo, dicen que Batman por fin ha vuelto. Pero yo sé bien que ése no es tu estilo. No, el bueno del murciélago prefiere no llenarlo todo de cadáveres cuando es posible tan sólo echar un cable a la policía aturdiendo, inmovilizando o entreteniendo. Ese espíritu protagonista de quien quiera que esté haciendo menguar el número de mi plantilla de colaboradores no tiene nada que ver contigo en absoluto. Por eso creo que tú no permanecerás al margen de algo así. Y por eso me he tomado la molestia de encontrarte, Batman, mi viejo amigo.
-¿De verdad piensas –dice Batman- que te ayudaría en algo, sea lo que sea, o que me aliaría contigo tras todo estos años de enfrentamiento? Te creía más inteligente, Jack Napier.
El Joker, impasible, ríe divertido tras sus palabras.
-No has cambiado un ápice, amigo: el hombre de hielo, el témpano humano, el incorruptible hombre murciélago… Tranquilo, Wayne, el “comodín”, el joker, la mejor carta de mi baraja, la había reservado para el final.
Algo en su tono comienza por primera vez a inquietar a Batman.
-Te gustará saber, señor “no-hay-nada-que-pueda-afectar-mis-sentimientos”, que cierta “amiguita” abogada, ayudante del Fiscal del Distrito, se está ocupando personalmente del caso… y que por ende, se ha colocado ella solita en el punto de mira de mi, tu, nuestro enemigo secreto… rata humana con alas –un silencio toma forma antes de que prosiga con su intervención-…Y supongo que no serás capaz de dejarla sola en un momento así..¿verdad?
El muy bastardo sabe qué cuerdas tocar para hacer sonar su música. Batman lucha en silencio con su deseo de violencia irracional hacia el Joker, mientras sopesa sus opciones y digiere el mensaje del payaso. Luego de unos segundos se levanta pesadamente del sillón, avanza los escasos pasos que le separan de su enemigo, y acerca su cara a la del rufián para susurrarle.
-Cualquier treta, cualquier artimaña, cualquier engaño… te llevará directo a la tumba, Joker. Tenlo claro: no hago esto por ti. Ni siquiera lo hago por mi. Acabaré con ese indeseable, sea quien sea, y desaparecerás de mi vida como si todo esto nunca hubiese tenido lugar. ¿Entendido?
-¡Por supuesto! Está claro como el agua, amigo…
Batman le agarra por las solapas del traje violeta con un rápido movimiento.
-Y una cosa más… Ni se te ocurra volver a llamarme “amigo”.